EL LIBRO DE CHENCHA por Virginia Mancha 2023

 



 

Diciembre 202 3  © 2023 Virginia Mancha

ISBN:  978 84 09 57473 5

Publicado de forma independiente

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A todas las mujeres que luchan por una vida digna e independiente para ellas mismas y todas las demás de su generación. y las venideras. A todas las madres, tías, abuelas, maestras, amigas, cuidadoras e intelectuales que me han ayudado a tirar p'alante siendo mujer e intentando transformar el mundo que nos rodea pasito a pasito

 

 

 

"Quería escribir sobre todo, sobre la vida que tenemos y las vidas que hubiéramos podido tener. Quería escribir sobre todas las formas posibles de morir".

Virginia Woolf

Carta a Lytton Strache



PRÓLOGO

 Escribir es protestar, escarbar lo podrido y sacarlo a la luz; es oxigenar la herida para que cicatrice y, al mismo tiempo, examinarla y curarla. Escribir requiere fortaleza, valentía y constancia, pero también corazón y empatía. Virginia Mancha escribe sobre la vida de Chencha, realiza una arqueología de sí misma y del mundo que la rodea para enfrentarse al olvido, para no resignarse, para curar heridas y encontrar el sentido.

Chencha, nuestra protagonista, nació de nalgas. Fue su primer acto de rebeldía, al que le siguieron otros. Tenía un objetivo claro: conseguir lo que su madre no pudo, ser independiente, aunque para lograrlo tuviera que marcharse lejos. Maya Angelou decía que cada vez que una mujer se levanta por sí misma, tal vez sin saberlo y sin proclamarlo, se levanta por todas las mujeres. Esta es la máxima de Chencha, quien sintió que al estudiar estaba completando la vida que su madre no podía vivir. Y como ella misma aclara, lo sintió como una obligación, con ella, con su madre y con todas las mujeres. Sentía el imperativo de encontrar nuestro lugar en el mundo.

De esta forma, Chencha nos cuenta cómo ha evolucionado su vida desde sus primeros años en un pueblo manchego hasta su decisión de marcharse a la ciudad con su tía Engracia. A través de la lectura crecemos con la protagonista y sus hermanos, nos indignamos de las diferencias, repensamos a nuestros padres, damos nombre a nuestros sentimientos y hacemos acople de responsabilidad. Sus sentimientos son los nuestros y sus reivindicaciones también. Chencha busca ocupar un lugar que no sabe dónde está, pues vive en un mundo que a menudo parece estar diseñado para limitarla. Aun así, lucha por abrirse camino, por encontrar una habitación propia, y aclamar segura y tranquila: este es mi lugar, este es el lugar de las mujeres.

Virginia Mancha, con una prosa que mezcla cadencia y cercanía, construye un relato donde la crítica y la reflexión se entrelazan con la memoria individual y colectiva. Promete ser el primero de muchos relatos que, rescatados de sus escritos guardados durante años, ofrecen una ventana única a la vida interior de una mujer inconformista. Pero El libro de Chencha es mucho más que una biografía; es un testimonio vivido y visceral que fusiona la novela autobiográfica, la crónica y el diario personal en un relato que palpita con la vida misma. Adéntrate en las memorias de esta mujer fascinante, porque representa una historia compartida por muchas mujeres, pero a la vez, supone una historia única e irrepetible. No te arrepentirás. ¡Feliz lectura y larga vida a las Chencha del mundo!

 

                                               Laura Herrera


 


Capitulo 1 Introducción

Me llamo Crescencia, como mi abuela materna, pero me dicen Chencha. Nací un jueves de mayo a las dos de mediodía. Según dicen, soy Géminis con ascendente Tauro. Júpiter estaba en el cielo marcando mi carta astral. El genio, que he tenido que padecer durante toda mi vida, debe de tener algo que ver. Me rasco la cabeza mientras lo escribo, porque nunca he creído en la astrología, pero me resulta más amable recurrir al cielo que a los genes o a la mala crianza.

Fue un parto de nalgas. Siempre pensé que me estaba agarrando al útero materno y me negaba a salir; aunque también puede que deseara caer de pie sobre la tierra desde el principio. Una mancha negra sobre el lomo delataba el antojo de mi madre por una tajada de tocino fresco bien apretado entre el pan, un sortilegio contra la falta de energía. De pequeña, les hice padecer porque rechazaba la comida y estaba más bien famélica, pero después he tenido que librar una batalla épica continua contra los kilos de más, si bien nunca he alcanzado los ciento veinte de mi abuela Almudena. Claro que, gracias a eso, fue la única de sus hermanos que no contrajo la tuberculosis.

Yo era la segunda, mi hermano mayor me llevaba trece meses. Sin embargo, mi padre no parecía feliz de que fuera niña. Se había criado con el convencimiento de que las hijas ocasionaban más problemas que los varones, ya que había que pensar en su futuro matrimonio y mantener su honor intacto hasta entonces. He querido disculparlo basándome en su experiencia contraria: único varón con cuatro hermanas. Su madre enviudó joven y le adjudicaron el papel de hombrecito de la casa junto a la responsabilidad de cuidar de todas ellas si se veían en apuros.

Mi hermanillo echó a andar en cuanto nací, convirtiéndose así en un chache como debe ser. Y yo empecé a llorar a pleno pulmón, día y noche, atormentando a mis padres y rivalizando con el pequeño príncipe destronado por los brazos de mi madre. Años más tarde, ella me confesaría que sentía pena por su primogénito y, por eso, lo tenía más veces que a mí sentado en su alda. Pensaba que yo, al ser un bebé, no sentiría tanto como él la falta de contacto materno. Como luego he sido carne de psicoanálisis, sé que no menos, sino más, había necesitado yo ese contacto, precisamente por ser más inconsciente. Quizás ahí me convertí en una gran celosa. Pelusa parece la palabra adecuada para esas envidias entre hermanos, siempre en ambas direcciones.

También, nada más nacer, contrataron a Reme, mi tata. No sé, pero no tengo la sensación de que ella me tuviera un cariño especial. Se inclinaba más por Tito, mi hermano, que por mí. Quizás mi llanto, ese Júpiter que rugía a través de mi garganta, la alejaba de mí, pero también la preferencia por los niños varones, compartida por mi madre y mi abuela. Era tan de la familia que creo haber heredado algunas de sus respuestas emocionales básicas. Me siento reflejada en algunas de mis reacciones, y no precisamente de las que más me enorgullezco. Recuerdo lo que decía su hermana (Lucía vino años después también a trabajar a la casa, siendo la tata de la ternura): «Hay que hacer las cosas con rabia para que salgan bien. Dale fuerte a la sartén por fuera y verás qué limpia queda».

Unos años después vinieron las dos abuelas y el abuelo a vivir con nosotros. No era muy grande la casa, pero mi madre sabía cómo hacer sitio para todos. Fue bonito vivir con tanta gente, aunque siempre eché en falta disponer de una habitación propia. Quizás por eso no he sido escritora. Esto me recuerda el ensayo de Virginia Woolf sobre el trabajo creativo de la mujer. De todas formas, no me puedo quejar, he peleado por habitar en mi propio espacio, aunque sea llevando siempre la casa a cuestas como un caracol.

La presencia de tantas mujeres en la casa me ayudó a esquivar las labores del hogar, entonces consideradas propias de mi sexo. Pronto empecé a protestar y reclamar también esas tareas para mis hermanos. Cierto que los mayores colaboraban en el campo y eran trabajos más duros que los de la casa. Yo lo sentía como una injusticia más, ya que ellos cobraban un jornal y yo no. Además, yo hubiera preferido (o eso creía entonces) pasar el día trillando o aventando, relacionándome con los mozos y con los animales, antes que estar en casa fregando, bordando o cuidando de los pequeñarras. Porque vinieron más hermanos, hasta la media docena.

Aunque no he tenido hijos, mi sensación es la de haber criado algunos, por haber estado pendiente de mis hermanos hasta que conseguí marcharme a Nivia con mi tía. Esa fue mi primera escapada a la ciudad. Ahora me considero una urbanita total. Ya no me gusta la vida del pueblo. Sin embargo, cuando llegué, la impresión que causaba a mis compañeras y los amigos que me presentaban era la de ser una pueblerina. No me avergüenzo de ello. Creo que lo sigo pareciendo. Al fin y al cabo, soy de pueblo y mantengo mi forma particular de hablar, de moverme e incluso de vestir. Nunca he pretendido tener el aspecto de una señora o de una niña pija de ciudad, ni siquiera imitar a mi madre, siempre moderna y elegante, dentro de su sencillez.

Para estudiar preu ya fui a Xuria con tres de mis hermanos a un piso que alquilaron mis padres. El primer año las abuelas y las tatas alternaban su estancia allí para cuidarnos. Después quedamos solos y nos vimos obligados a madurar prematuramente. No estuvo mal esa experiencia, quizás la mejor lección de economía doméstica que nos proporcionó la vida. ¿Qué estudiar? Menudo dilema, y a edades tan tempranas. La duda sistemática ya hacía mella en mí. Lo que sí tenía claro era que, desde luego, estudiaría.

Se trataba de seguir una norma que me había autoimpuesto desde bastante pequeña, seguir los pasos de mis hermanos, en particular los que marcara mi padre como de obligado cumplimiento. Todos sus hijos debían completar una carrera universitaria. Aunque ese mandato no rezaba para mí, yo me lo aplicaba con más devoción que ellos. En el ambiente familiar se tenía el convencimiento de que las actividades de valor estaban reservadas a los hombres, mientras que las mujeres se ocupaban de asuntos menores que tienen que ver con la supervivencia básica. Yo quería dedicarme a actividades masculinas, quería ser una persona de valor. Por eso, decidí hacer lo que les mandaban a ellos.

Mi paso a la vida adulta quedó marcado por el movimiento universitario que siguió al mayo francés del sesenta y ocho. En España vivimos el estado de excepción del sesenta y nueve y una gran actividad antifranquista que culminó con la muerte de Franco y la transición a la democracia. Estudiaras la carrera que estudiaras, te veías inmersa en una marea de pensamientos, que se debatían en grupos y asambleas, dando lugar a grandes cambios en nuestras jóvenes vidas que acabaron afectando sustancialmente a toda la sociedad. Esta especie de revolución, afortunadamente pacífica, no solo afectó a la política, sino también a la forma de vivir el amor, la familia, la maternidad, el trabajo de la mujer… Una época convulsa, riquísima en vivencias y aprendizajes, dolorosa en muchos sentidos y satisfactoria en otros tantos. España hizo una transición ejemplar a la democracia que le permitió integrarse en la Unión Europea. Nosotros también tuvimos que hacer nuestra propia transición a una vida adulta de trabajo, consumo y mayor o menor estabilidad familiar o personal. Pasado el tiempo, vemos aparecer nuevas generaciones que han bebido de nuestras fuentes, sea para imitarnos o para llevarnos la contraria.

Después de mis largos años de profesión, tuve la suerte de disfrutar de un buen retiro. Se juntó mi jubilación con la muerte de mi padre y el alzhéimer de mi progenitora. La gran pandemia de principios del siglo XXI —espero que no haya otra tan tremenda— me pilló junto a mi madre. El virus se la llevó por delante. En este silencio impuesto por la cuarentena global, empecé a escribir este libro, especie de comunicado, con más o menos sentido. Mi proyecto vital más importante en ese momento.


Capítulo 2 Coronavirus

El dos mil veinte, que pintaba ser un año maravillosamente redondo, por esas cifras pares repetidas y esos ceros colocados con tanta armonía, resultó ser el escenario de un acontecimiento de ciencia ficción. Nos considerábamos muy afortunados por no haber pasado ninguna guerra. Guerras siempre ha habido, pero a una distancia suficiente como para que no las viviéramos como propias, no nos entrara pánico, ansiedad, miedo a perderlo todo, miedo a morir. Aunque la reciente invasión de Ucrania por la Rusia de Putin ha acercado la guerra a Europa peligrosamente.

Nos inquietó bastante la gran crisis del dos mil ocho, de la que todavía no habíamos acabado de recuperarnos, ya que los desniveles sociales no solo no habían vuelto a su estado anterior, sino que no habían dejado de aumentar. La precariedad de los contratos laborales y la inseguridad en el trabajo era la norma. Las estadísticas de pobreza no cesaban de crecer y, lo que es peor, también entre la población empleada. Trabajar para no llegar a final de mes y necesitar ayuda social para alimentar a los propios hijos parecía algo de países en vías de desarrollo, pero no del corazón de Europa, a la que creemos con orgullo pertenecer.

Ya casi nos estábamos amoldando a esta nueva situación, con menos servicios sociales, más inestabilidad laboral, menos derechos y un plus de pobreza añadida, cuando de repente estalló en nuestras narices la gran crisis sanitaria del coronavirus. Como a nuestros abuelos las guerras: sin comerlo ni beberlo, sin pensarlo, sin previo aviso. Nadie podía presagiarlo.

Al principio pensábamos que iba a quedar restringida a ciertas regiones de China. «Claro, estos chinos que comen todo lo que se arrastra por la tierra o vuela por el aire, si hasta comen serpientes y sus tejados están infectados de murciélagos». La primera imagen que me impactó fue el vídeo de cientos de grúas trabajando en la construcción a toda velocidad de un gran hospital en Wuhan. Prometían terminarlo en diez días, y lo terminaron. «Cómo son los chinos», pensé.

Primero dijeron que quince días de confinamiento. Al noveno murió mi madre. Sabíamos que no bastaría con dos semanas. Lo que nadie imaginó es que, tres años después, estaríamos todavía con la pandemia a cuestas. Las vacunas llegaron y se consiguió cierta inmunidad, pero no toda. El virus mutó y las nuevas formas eran más contagiosas, pero menos letales. Algunos antivirales disminuían el riesgo de una evolución fatal. Los tratamientos médicos acortaban las estancias en UCI. Seguía muriendo gente, pero no en las cantidades de los primeros días. De todas formas, nuestra vida ya había cambiado, en algunos casos para siempre.

Con la pandemia cerraron los centros docentes, deportivos, culturales... Desaparecieron las actividades que había emprendido a mi vuelta a Frisby: teatro, cine, música, dibujo, gimnasia, senderismo, baile... Con la muerte de mi madre se me abrió la posibilidad de volver a Nivia. La prohibición de desplazarse entre comunidades me lo impidió durante mucho tiempo, pero finalmente abrieron las fronteras regionales y pude viajar al menos a la que había sido mi casa durante mi vida laboral. De modo que no me reenganché a las actividades anteriores, quería estar libre para ir y venir. Mantenía reuniones online de lectura teatral, club de lectura y talleres de escritura, complementados con caminatas diarias con amigas o en solitario.

Conforme nos vamos incorporando a una vida más normal, tengo la intención de sacar el bono del teatro y apuntarme al gimnasio. Quizás también a la clase de baile y retomar el piano.


Capítulo 3 Querida mamá (1)

Querida mamá, hoy es el día veintitrés del confinamiento que empezó el quince de marzo y tú ya te has ido. Te marchaste el noveno día del encierro colectivo. Yo quería seguir hablando contigo. Hablábamos durante media hora o una hora al día. Iba a decir: «¿Te acuerdas?». ¡Madre mía! Si ya no estás. Si, además, tú habías perdido la memoria. Ya no te acordabas ni de lo que te gustaba conducir. Yo te preguntaba:

—¿Te acuerdas cuando ibas en el coche llevando al tío Piquels a Xuria, que solo fue una vez, del miedo que pasó por la velocidad que llevabas?

Y tú me dijiste: «¿Yo conduciendo? No. Eso es imposible». ¡Madre mía! Con lo que te gustaba.

Recuperé tus dos carnés del cajón de tu cómoda. Cogí los que estaban en mejores condiciones y los llevé a plastificar para que no se estropearan. ¿Por qué tenías tantos? Seguramente se te extraviaban, declarabas que los habías perdido y te hacían otro nuevo. El último estuvo sobre la repisa de la chimenea durante mucho tiempo. «Tendría que renovarlo. Va a caducar».

¡Qué bonica! Te he querido mucho. ¿Y por qué digo: «Lo voy a dictar»? Porque me pongo a escribir y no me gusta lo que me sale y pienso: «Pues mejor si se lo digo, que es lo que he hecho con ella toda la vida». Pues eso, yo lo sigo hablando como si tú estuvieras ahí. Ya sé que no estás, pero, como me digo a mí misma, tú vas a estar siempre conmigo. Eres una parte de mi vida muy importante.

Tengo una muñeca que se me ocurrió comprarte. Me gusta verla ahí sobre la coqueta, como una representación externa de tu persona. Era la más grande que tenían en la tienda online, pero es pequeñica, cincuenta centímetros de altura. Te la compré porque cerraron la residencia a las visitas, y pensé: «Una muñeca de trapo que ella pueda abrazar, que me sustituya». No te la pudieron dar porque también prohibieron la entrega de todo tipo de paquetes. ¡Claro! Pero no impidieron que el corona entrara en tu residencia ni que se te llevara por delante; sin embargo, fíjate, impidieron que lo cogiera yo. ¡Me salvaron a mí, mamá, al cerrarme la puerta!

Yo estaba sufriendo porque estabas allí sola, no sabía cómo te encontrarías, no le dejaban ir a estar contigo a nadie, ni siquiera a esta mujer que trabajaba allí y echaba algunas tardes acompañándote. Únicamente se le permitía estar en su puesto de trabajo. También ha cogido el corona, mamá. Ahora la llamo a ella todos los días.

Dejé de llamarte a diario después de que entraras en la residencia porque me di cuenta de que mi llamada te ocasionaba sufrimiento, te hacía consciente de mi ausencia. «Pero ven, pero ¿por qué no estás aquí? Llévame contigo». Fue en ese momento cuando decidí que siempre que pudiera cogería mi coche y volaría hasta ti.

Desde que empezaste a perder la vista, buscaba la mejor tarifa plana para no tener ningún tope. Así hablábamos dos o tres veces al día, casi siempre durante más de media hora. Antes te compré audiolibros y me dijiste:

—No me gustan. —Me diste unos Evangelios que al final llevaban todo un listado de libros de meditación—. Cómprame de estos, si quieres.

Es posible que anden por ahí todavía esos Evangelios porque yo esas cosicas que tú me dabas las tenía a mano para cuando te llevaba a mi casa. Pero entonces pensé: «Pues si es para que ella oiga algo que le gusta, mejor será que me escuche a mí». Y toda esa riqueza me la has dejado, todas las conversaciones que he tenido contigo, de las cuales no me acordaría. Papá decía: «Pero ¿cómo podéis hablar tantísimo? ¿Qué es lo que tenéis que deciros?». Yo creo que sentía celos de las dos.

Íbamos en ese tren al oftalmólogo más famoso del país, a ver si solucionaban tu problema de retina. Lo alargaron un poco; así que, en vez de perder las dos máculas en un año, pudiste ver cinco años más. Valió la pena. Además, papá, mis hermanos y yo nos quedamos con la satisfacción de haber hecho lo que estaba en nuestra mano. Esos largos viajes los pasábamos conversando. ¿Qué nos diríamos? Por eso tengo la sensación de saber muchísimas cosas de ti que otra gente no sabe y de que tú sabías muchísimas cosas mías que no he compartido con nadie más.

Cuando el profesor de teatro preguntaba por nuestro gran amor, yo contesté: «Mi gran amor es mi madre». Él se sorprendió: «¿Tu madre es tu gran amor?». Le dije: «Pues sí». Porque durante todos estos años, desde que faltó papá, has sido mi motivo de vivir, mi razón de ser. Antes, mi razón de ser estuvo en el trabajo porque puse en él todo mi entusiasmo y mi pasión. Y desde entonces hacía casi todo pensando en ti. No quiere decir que me olvidara de mí, no tuviera mi orgullo, mi amor propio, mi ego, mis envidias, mis cosas; pero en mi cabeza casi siempre estabas tú. Un besico que vuele, o como un bumerán que vaya y que vuelva porque tú donde estás es dentro de mi corazón.


 

Capítulo 4 Los padres

TODO EMPEZÓ CON MIS PADRES

Habían estado en la procesión y en la misa solemne con las fuerzas vivas del pueblo. A la salida, no podían deshacerse de la gente, todos los querían saludar. Llevaban casados algo más de un año y continuaban siendo una de las parejas más señaladas de la localidad. Ella era una belleza, además destacaba por su sencilla elegancia. Él apenas si se parecía a su padre, salvo en la forma de caminar y en el porte, era más de su madre, esa madrileña tan fina, tan señora. Como médico acabó muy reconocido por todos sus paisanos debido a su entrega incondicional, veinticuatro horas al día, trescientos sesenta y cinco días al año.

Consiguieron abrirse paso hasta la terraza del casino, tenían mesa reservada. Sergio los estaba esperando, como todos los festivos al salir de la iglesia. Tomaron el aperitivo más rápido que otras veces. Asunción no se sentía demasiado bien, su gestación estaba ya en estado avanzado y no había sido un embarazo fácil. Se disculparon y se dirigieron a casa.

La comida se había servido en el comedor de diario a pesar de ser el día del Corpus. La madre de Asunción se hizo cargo ese día del niño y de todo. No pensaba moverse de la casa, estaba preocupada por su hija y por el bebé que venía de camino. Sentados todos a la mesa, apenas habían empezado a degustar los ricos gazpachos manchegos cuando tuvieron que interrumpir.

—Vaya, parece que has roto aguas. Hoy ya hemos comido bastante.

Asunción había empezado a sentir angustia, náuseas y un intenso dolor repetitivo. Se puso en marcha el protocolo de posible parto y el engranaje del equipo empezó a funcionar: toallas y paños limpios, material médico, la ropa del bebé y la cunita preparada. Todos tenían experiencia en partos domésticos. Para Asun era la segunda vez, Teo —el padre— ya había asistido a innumerables mujeres en ese trance (en los años cincuenta casi nadie iba a dar a luz al hospital), Crescencia, la abuela, tuvo a todos sus hijos en la aldea, la mayoría de las veces sin asistencia médica, y las otras mujeres ya habían ayudado a muchas a dar a luz.

Dio bastante que hacer a su padre, ya que venía de nalgas, y parecía estar amoratada. Pronto, sin embargo, rompió a llorar con gran fuerza, con esa energía que demostró luego para casi todo. Era una niña, pero no se caracterizaba por su debilidad. Después del mal trago del alumbramiento, la madre sintió gran alegría. «Tendré un apoyo a mi lado y haremos muchas cosas juntas, —pensó—. Con los niños no es igual». Sin embargo, al padre se le escapó su decepción con una frase: «Me hubiera gustado más un muchacho. Las niñas siempre traen problemas», que repitió después a menudo, incluso cuando la niña ya tenía conocimiento para entenderla.

Al día siguiente, si la madre se encontraba bien, tocaba recibir a los más allegados, sobre todo a las amigas, que querían ver a la recién parida, de modo que arreglaron la cama con las mejores galas del ajuar, para eso había bordado Asun aquellas historiadas sábanas y sobre todo la colcha de filtiré y punto de cruz.

El hermanito mayor hizo acto de presencia de la mano de la niñera, que lo dejó cogido del brazo del sillón. A sus catorce meses se mantenía en pie, pero poco más. Apenas se marcharon las visitas, el niño dio sus primeros pasos en solitario desde el sillón hasta la cómoda ante el asombro de su madre que no podía levantarse ni apenas vocear pidiendo ayuda en su delicada situación.

Pobrecico. Parece que se ha dado cuenta de que ya no le tocan mimos. Esta llorona, que acaba de venir, lo ha convertido en el hermano mayor.

Decía bien, porque la niña no había dejado de berrear en toda la noche. Ni teta, ni no teta, lloraba, lloraba y lloraba, sin respetar el descanso de nadie.

La llamaron Crescencia como a la abuela materna, a pesar de que el padre habría deseado ponerle como a la paterna, Almudena. Por andar siempre tan atareado no cumplió con la tradición de ir al registro y delegó en su suegro, quien le puso como a su querida esposa. Pero el nombre le venía grande, de modo que lo acomodaron a su tamaño convirtiéndolo en Chencha.

Para Chencha siempre fue un misterio quiénes habían sido sus padrinos de bautizo porque jamás nadie ejerció esa función de forma visible para ella. Lo preguntó varias veces, sobre todo cuando veía a sus hermanos recibir algún regalo especial de madrina o padrino, pero nunca obtuvo una respuesta firme, todo eran dudas, nadie se acordaba. Así que ella se lo inventó, supuso que habría sido su tía de Buenos Aires cuyo olvido quedaba justificado por lo despistada que siempre había sido y lo lejos que vivía, y el abuelo materno que siempre le demostró un enorme cariño, pero claro, con la edad y el gran número de nietos que tenía, se entendía de sobra que no lo recordara.


Capítulo 5 Las primeras letras

Sostenía a su pequeña con el brazo izquierdo, sentada sobre sus rodillas. Las faldas de la mesa, de terciopelo rojo con un dibujo adamascado, cubrían las piernas de la joven madre y los piececillos de la niña. De pie junto a ellas, el hermanito hacía esfuerzos por llegar con su vista a las hojas de la cartilla que se extendía abierta encima de la mesa. Asun arrastró con su brazo derecho una silla que tenía cerca y animó al niño a sentarse. El tapizado mostraba el mismo terciopelo de las faldas y coincidía también con el ornamento que enmarcaba las cortinas del gran ventanal del comedor de diario.

Tito iba ya a parvulitos a sus tres años, seguramente gracias a la existencia de su hermanita. La niña no dejaba dormir a nadie y atraía la atención de la madre llorando a todas horas.

El aula ocupaba la planta baja de la casa del viejo almacén que hacía las veces de escuela. Los métodos pedagógicos dejaban bastante que desear. Desde el principio, se animaba a los niños con la lectura. El pequeño Tito se resistía a repetir aquellas letras que se empeñaba en leer su mamá, tanto como a ir al maldito cole. Era obligado a salir casi a rastras o tomado en brazos por su tata cada mañana.

—A. Venga repite, Tito. ¿Ves? Es un aro con un palote bajo. A, repite.

—A —Repetía con desgana Tito, dejando ver que era un niño muy bueno y obediente, aunque fuera a su pesar.

La pequeña sentía el brazo de su madre aprisionándola, incluso le tapaba parte de la cara. Curiosamente, a pesar de la incómoda posición, no rompió a llorar. Por una vez no compartía ese dulce trono materno con su hermano, quizá por eso no se quejaba.

Así fue como tuvo un contacto aún más precoz que Tito con las vocales, los dibujos de las letras aro, escuela, iglesia, oso y uva y los sonidos. Lo que para su hermano era aprender a leer, fue para ella aprender a hablar. Debía tener un problema de oído por el que los sonidos le llegaban distorsionados. El otorrino le diagnosticó una alergia crónica del conducto cuando acudió a consulta, estando en primero de medicina, animada por su querido Botas Blancas, cuyos susurros y escuchitas en plena clase le costaba tanto entender. Tanta repetición tan cerca, añadida al enorme protagonismo que adquiría aquel libro de las letras de su hermano, marcó el inicio de todo su proceso de aprendizaje. Ella, a diferencia de Tito, sintió el deseo de acudir a clase mucho antes de que la pudieran admitir en parvulitos. Cuando finalmente pudo ir, se sintió la niña más dichosa del mundo, y resultó ser una alumna aventajada, ya que llevaba años de “clases particulares” al amparo de las faldas de terciopelo rojo.

Estuvo rabiando por ir al cole con su hermano. Por fin la enviaron cuando cumplió los tres años. Eran ochenta niños en clase. Santa paciencia la de doña Elvira, la maestra más cariñosa del mundo. Bien lo supo Chencha cuando realizó las prácticas de magisterio en aquella misma clase. Le resultaba casi imposible controlar aquel pequeño ejército. Fue suficiente para acabar con su vocación de parvulista, y puede que también con la vocación de madre.

Pronto pasó Tito a la escuela de niños, un edificio situado a dos manzanas, junto al molino. También a ella la pasaron precozmente al primer curso de la escuela de niñas, sin salir del inmueble del viejo almacén. Allí era la benjamina. Tan pequeña, aún parecía más sabionda. Esperaba como agua de mayo los jueves para ver a los niños en la excursión a las eras, si la tarde era soleada.

Su madre no fue a la escuela hasta los nueve años. Aprendió a leer y a escribir en la cocina grande de la aldea del río, sobre los libros sin usar de las cuentas del campo y sobre la pizarra grande de las anotaciones. La abuela Crescencia ejerció de maestra y lo debió hacer muy bien, porque Asun siempre fue una alumna aventajada cuando estudió el bachiller con las monjas. Aprobó en el mismo mes el examen de estado y el título de magisterio, que nunca ejerció. Aun así, se preocupó de convencer a su hija para que se hiciera maestra primero y estudiara una carrera después.




Capítulo 6 La escuela

A parvulitos llegó antes de cumplir los tres años. Feliz de seguir el camino que marcaba su hermanito mayor. Además, ese curso todavía iba Tito también a preescolar. A los tres años creemos que el mundo gira alrededor nuestro, así que Chencha tardaría muchos años en descubrir que su escolarización le vendría muy bien al nuevo embarazo de su mamá. Estuvo en esa clase hasta los cinco años. Casi todos los niños iban hasta los seis, pero a ella la pasaron antes a primero, luego a segundo y luego a tercero. En todas las clases era la benjamina, la más pequeña y por ende la más bajita del grupo.

En la infancia temprana las horas y los días se multiplican por cien. Quizás por nuestra enorme curiosidad y capacidad de sorpresa. También porque todavía no controlamos el tiempo a través de un reloj o un almanaque. Estamos colocando todo tipo de información en nuestro software cerebral. Lo que entra en ese momento nos marca como nada lo hará después. También son los últimos recuerdos en perderse. Qué importante es proporcionar a los niños vivencias agradables y rodearlos de cariño, la mejor base para la autoconfianza. Pobres los que carecen de ello.

Un gran arco elíptico dividía el espacio en dos, a un lado se sentaban los niños y al otro las niñas, en mesas de cuatro. Al principio Chencha lo cogió con disgusto, quería estar con Tito. Luego vio la gran ventaja, esas otras tres niñas serían sus primeras amigas y a la hora del patio podían encontrarse con su hermano y sus tres compañeros de mesa, con lo cual estaba servida la primera pandilla. ¡Chachi! Parvulitos estaba integrado en la escuela de niñas, de manera que al año siguiente los chicos dejaron de ir a clase con ellas. Los verían solamente los jueves por la tarde que hiciera buen tiempo, ya que salían a disfrutar del campo todos los grupos escolares del pueblo. Estaban deseando que llegara el día y miraban al cielo a ver si hacía sol. Nada más llegar a las eras se buscaban unos a otros para el reencuentro semanal de la pequeña gran pandilla.

Pequeñas flores de todos los colores entre los trigales, zapatitos de la virgen, zapatitos del señor, pequeñas orquídeas salvajes. Correr jugando al pillar o deslizarse en el tobogán natural del terraplén cuando se llenaba con montones de perifolla de la rosa del azafrán. Suaves pétalos violetas, blandas nubes que amortiguaban cualquier golpe, dejando su color en todo el cuerpo y en la ropa que habían tocado. La regañina al llegar a casa estaba asegurada y, a pesar de ello, repetirían a la semana siguiente. Hedonismo infantil maravilloso. De aquel grupo también salieron los primeros novios.

Al salir de clase, el abuelo los esperaba en la puerta de la casa como un reloj. Qué gran momento, verlo allí, con su boina, su garrote, su sonrisa y sus brazos abiertos. Rascarle la cabeza al amor de la lumbre en invierno. Él entornaba los ojos y le dejaba hacer. Tenía un eczema en el
cuero cabelludo. La abuela le daba masajes con aceite. Chencha le pedía ejercer ella de enfermera. Luego les contaba historias hasta la hora de la cena. Cada día. No faltaba nunca.

Con los primeros fríos se empezaban a abrir las flores del azafrán. En casi todas las casas se veían los grupos de hombres y mujeres mondando la rosa. Conforme fueron creciendo, también se paraban ellos en las casas más conocidas a echar una mano. Había que sacar aquellos pequeños hilitos rojos, los pistilos. Para obtener un kilo de ellos había casi que llenar el barranco con los pétalos lilas sobrantes, y luego, al tostarlo, perdía más de la mitad de su peso. Por eso era tan caro. Tan costoso de obtener.

La rosa se cogía a ras de suelo, de madrugada. Las manos se quedaban heladas. Se ponían unos guantes con los dedos cortados tratando de amortiguar. Chencha lo sabía bien por sus tatas, las dos se iban a coger rosa. También muchas niñas de los cursos superiores faltaban a clase esas semanas. Estaban ayudando en casa a coger, mondar y tostar. Todos eran necesarios.

En los cursos superiores había que realizar tareas de asistencia técnica a primeras horas, unas alumnas iban a la serrería a por virutas, otras encendían la estufa de hierro y un tercer grupo preparaba la leche en polvo del plan Marshall para repartir a media mañana un vaso a cada niño de la escuela. El cuarto donde se guardaban los grandes sacos llegados de América era utilizado como rincón de pensar, o castigo, a modo de cuarto de las ratas. Muchos niños metían el dedo. Sabía de rechupete.

Y saltando de curso en curso, llegaban al final a doña Aurelia. Allí se juntaban todos de nuevo: los que estudiaban el bachiller libre en la clase particular de última hora, las que iban por las tardes a terminar el ajuar que habían empezado en clase de labor, las niñas que habían superado el segundo curso, y todas las que aún estaban en edad escolar, porque ya no había ningún otro curso por encima. Doña Aurelia era la directora. También daba clases particulares en verano para los que llevaban asignaturas pendientes o algo de retraso para la edad

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Capítulo 7 Cuentos

Chencha siempre fue una buena alumna, muy atenta, con los deberes siempre hechos, y un poco más de lo que había dicho la maestra. En eso no le costaba destacar, y buscaba el halago de sus padres. Se sentía feliz con sus progresos. Su maestra le aplaudía las redacciones, también le hacía recitar las poesías a la Virgen del mes de mayo. Este reconocimiento la llevó desde niña a escribir algo más por su cuenta, un diario personal y cuentos que puntualmente presentaba a concursos. Ganó algún premio que le hizo concebir esperanzas de convertirse en escritora. Sin embargo, contra todo pronóstico, se decantó por la medicina. Ella dijo que quería ser misionera en África, pero inconscientemente puede que pesara más cierta competencia con su padre y con su hermano. Siempre tuvo un impulso a hacer realidad en su vida lo que los demás parecían considerar sueños y aspiraciones más propias de hombres, por algo más que por llevar la contraria.

Su madre era gran contadora de cuentos, en especial a la hora de comer. Tenía la habilidad de ir inventando una historia cada vez que llevaba los platos a la mesa de los niños y la iba narrando mientras tomaba otra cucharada del plato y hacía con ella el avión intentando que el niño abriera la boca una vez más. Le ayudaba en la tarea la niñera, que cada día le preguntaba al recoger: «¿Cómo sigue? No vaya a dejarnos así». No se daba cuenta de que no existía ni historia ni final, era la palabra de Asun la que le daba vida y duraba solamente mientras quedaba algo en el plato de los niños.

El despacho de su padre tenía las paredes revestidas de libros. En muy pocos momentos él se encontraba dentro. Era el único médico del pueblo y hacía guardia veinticuatro horas durante prácticamente todo el año. Siempre estaba trabajando. La puerta estaba entreabierta y nadie había prohibido expresamente entrar en ese espacio solitario y misterioso. Su hermano pronto empezó a dejarla fuera de sus juegos porque no eran cosa de niñas. Así que un día penetró en el espacio del padre y empezó a abrir los misteriosos libros que allí se encontraban. No eran cuentos infantiles como la colección de Celia.

Una de sus estanterías preferidas era la de Selecciones del Reader Digest llena de montones de historias curiosas “made in USA”, que le abrían una ventana al mundo, y la enciclopedia Espasa Calpe que le resolvía todas las dudas mejor que ahora el mismísimo Google. El padre siempre tuvo muchas novelas históricas y policíacas, entre ellas la colección completa de Ágata Christie, pero de ese estante su madre le había prohibido coger o leer nada y Chencha, en el fondo, era más obediente de lo que sus propios padres creían.

A partir de los nueve años Tito y Chencha compartían por la mañana la pequeña salita de estar, que se había convertido en sala de estudio para ellos. Empezaban a preparar el ingreso de bachiller. Su clase particular en las escuelas empezaba cuando salían los otros niños del aula. Además de los estudios, compartían sus tebeos. El capitán Trueno, Yuki el Temerario, Hazañas bélicas, cuentos de hadas, Mortadelo y Filemón... Algún día se llevaron un cachete por estar leyendo estas cosas en vez de La tercera enciclopedia.

Un verano llegó Manuela, la niñera. Tenía catorce años y venía de un pueblo de la sierra. Los niños ya eran multitud y estaban encantados con ella, como si doña Felisa, la parvulista, se hubiera instalado en la casa, eso pensaba Chencha. Tenía una vitalidad extraordinaria y mucha imaginación. Lo mejor de todo fueron los teatros. Eligió los cuentos de hadas de Chencha y organizó la representación. Se juntaban en el porche a leerlos e iban repartiendo los papeles. Chencha siempre quería ser la princesa. Tito pronto se quejó de que le tocara hacer de príncipe y quiso cambiar al Capitán Trueno. Manuela dijo que para la siguiente obra.

También participaban las amigas del vecindario. Ensayaban hasta saberlo de memoria. Luego, los trajes. Papel de seda de la tienda de Justino. El mismo papel que empleaban para fabricar cariocas para la fiesta campestre de San Isidro Labrador. Hadas, princesas, príncipes, madrastras malvadas y brujos crueles. A todo color. Faltaba el escenario y la sala para el espectáculo. Teresa, la vecina, ofreció la cuadra de sus padres, que ya no tenía animales. Hubo que limpiarla bien y llevar sillas de todas las casas. Decidieron cobrar a diez céntimos la entrada. Gratis no se apreciaría, y había que pagar el papel de seda. Gran éxito. Aún sobró para un festín de bolicas de anís de la confitería.


 


Capítulo 8 El agosto

Para Chencha, Tito era como un dios y su mayor placer estar pegada a él todo el día. Se sintió muy feliz cuando pudieron ir juntos a la escuela y lo pasó fatal cuando la abuela Almudena se lo llevó a ver al primo mayor a Barcelona. Para ella suponía un intenso dolor la ausencia de su compañero de juegos, quizás sentía pelusa, pero, sobre todo, lo echaba mucho de menos. Le pasó lo mismo cuando le adjudicaron a Tito el dormitorio junto al jardín y ella quedó con los más pequeños en la habitación de siempre.

Estaba a punto de terminar el curso y ya soñaba con jugar todo el día con él y sus amigos en la calle. De tanto tostarse al sol la llamaban la Negra. Cuando creció perdió ese apelativo y ese color, su obsesión por los libros hizo que pasara a estar casi siempre a la sombra, con lo que su tez se tornó blanquecina como una inglesita. Ese mes de junio no pudo compartir juegos con su chache al que adjudicaron un puesto de ayudante en los trabajos de la cosecha, el agosto, como llamaban a todo el proceso de recolección, siega, trilla, almacenaje y venta del grano.

El primo Julio tenía la misma edad de Tito, de modo que los dos fueron enviados a dichas tareas. Los padres eran socios en la administración de las fincas del abuelo Nicolás. Los primeros trabajos fueron en la era. Chencha no sabía qué inventar para ir a verlos. El suelo, alisado con rulos de piedra prensada, años más tarde les serviría de pista de tenis improvisada cuando ese deporte se hizo popular gracias a la fama del español Manolo Santana. En esos cilindros de piedra se sentaría con sus padres en sus paseos por las afueras cuando venía a visitarlos al pueblo.

Colocarse en la trilla de madera, con cuchillas de pedernal en la base, junto a su hermano, dando vueltas sobre la parva de la siega, arreando con los ramales a Primavera, la mula preferida de Tito, era todo lo que ella podía desear. Equivalía a compartir el Olimpo con los dioses helénicos. No importaban los cuarenta grados a la sombra, el sudor, el polvo que levantaban los mozos al aventar los montones trillados en otro rincón de la era. La piel se curtía, seca, negra, impregnada de tierra y de polvo de cereales. El cielo lucía casi siempre un azul profundo, intenso, que ella adoraba. No tenían entonces gafas de sol. Eso se lo pudieron permitir más tarde, ya adolescentes.

Le llevaba un botijo con agua y la botella de anís. Ismael, el mozo, decía que había que añadir siempre unas gotas para que el agua se mantuviera fresca. También era un carminativo que ayudaba a las buenas digestiones. Aunque el abuelo contaba repetidamente una anécdota de su padre en la que a la pregunta del médico: «¿Cómo hace usted la digestión?», le contestó: «Ah, no, señor. Yo no tengo tiempo de hacer esas cosas».

Solo le dejaban estar un ratito. Enseguida la echaban.

—Vete a casa. Márchate que hace mucho calor. Esto no es para las niñas.

Siempre con eso. «¡Grrrr!», gruñía Chencha para sus adentros. ¿Por qué no habría nacido niño también? Encima ellos tenían su jornal. Ella también hacía trabajos en casa, pero nadie le asignó por eso ninguna paga extra. Tampoco le ofrecían vino en la comida, todo eran discriminaciones sexistas. Ella aún no sabía ponerle nombre, pero no tardaría en aprenderlo.

La casa de los abuelos en la calle de Los olmos tomaba protagonismo en esas fechas. El grueso de la actividad familiar se desplazaba hasta allí. En los grandes corrales del fondo estaban todos los aperos de labranza, el material para la trilla y más tarde los tractores y la maquinaria. Al fondo del patio, los animales dormían en la cuadra. En el piso de arriba, las cámaras tenían una buena capacidad de almacenaje para el grano, hasta que se pudiera llevar al silo. Con frecuencia se juntaba la familia casi al pleno, los tíos, los primos...

Cuando la faena del campo amainaba, empezaban las salidas al pinar a la caída de la tarde. Cada familia llevaba sus merenderas preparadas para compartir. Los atardeceres con el paisaje del valle del río al fondo se fijaron en las pupilas de Chencha como una imagen del paraíso. Con el tiempo, acabaron llevando un pick up, y algunos discos bailables de moda. Bailaban los padres, bailaban los adolescentes, también los niños, incluso los abuelos alguna vez.


Capitulo 9 Motorizados

Hasta que no tuvieron el carné, no les compraron una moto, pero les dejaban coger la de los padres. ¡Cómo iban por los caminos y por las veredas no controladas por la Guardia Civil de Tráfico! Y, así, pudo pasar aquello. Aquel quince de agosto, fiesta grande del pueblo y santo de la madre, se celebraba el final de los trabajos del campo. La cosecha había sido buena. Toda la familia, ampliada con tíos y primos, se reunían en torno a las sartenes con gazpachos manchegos y cordero frito con ajos. Los muchachos cogieron las llaves del coche de la mesita de la entrada. Chencha los vio, pero no dijo nada. No quería que su hermano se enfadara con ella. Salió tras ellos.

—¿Dónde vais? Voy con vosotros.

—No, nena. Tú no. Y no vayas a decir nada. Vamos a un recado. Volvemos enseguida.

El resto de la tarde no pudo disfrutar como otras veces de la compañía de sus primas. No podía dejar de pensar en los dos chavales que se habían ido con el coche, a saber dónde, y no volvían.

Entraron en el dormitorio de los abuelos y en la habitación de los baúles y se vistieron de princesas con todo lo que pudieron encontrar: velos, pañuelos, chaquetas, collares y hasta zapatos de tacón. La pintaron como una mona. Ella se dejó. Las primas eran mayores y sabían manejar todo aquello. Cuando se miró al espejo se vio convertida en artista de cine. Estaba más guapa que Loretta Young, su actriz preferida, cándida adolescente en internados para niñas bien, con un padre guapísimo en casi todas las películas de la tele de esos años.

Llegó la noche y los invitados se fueron marchando. Chencha buscó refugio en la salita donde tenía a medias su libro de Los cinco. Oyó el ruido de la llave en la puerta y los pasos en el zaguán, seguido de lo que le pareció una queja. Corrió a ver quién era. Los dos primos, apoyados uno en el otro, como los soldados que volvían de la guerra, despeinados, descompuestos, pálidos y acongojados. Un moratón en la cara de Julio y sangre en la camisa blanca de Tito. ¡Oh cielos! ¿Qué había pasado?

—Tito, Tito, Julio. ¡Papá, papá!

—¡Chist, calla!

—Tendrá que curaros.

—Nos matan, ya verás. Hemos estampado el coche contra un remolque aparcado en la esquina del pajar.

Gajes del oficio, riesgos de convertirse en hombres. También empezaron a llevar el tractor por el bancal. Grandes conductores a temprana edad. Como Fede, el Chófer, que llevaba el coche del tioabuelo desde los diez años, cuando ni le llegaban los pies a los pedales si se sentaba. Contaba que iba por la vereda conduciendo de pie.

Pronto les dejaron coger las motos de los padres y, en cuanto pudieron tener el carné, dispusieron de moto propia. El término municipal ya se les quedaba pequeño. Podían ir a las fiestas de los pueblos de alrededor. Y de camping a la sierra. Cuando se echaron novia, aún llegaban más lejos. Chencha notaba de nuevo que se iba quedando sola. Sus hermanos ya no la buscaban para compartir aventuras. Y su padre no le dejaba ir a las ferias con amigas. Bueno, a ellas tampoco las dejaban, hasta que se echaban novio formal.


 


Capítulo 10 Guateques

Tito y Chencha compartieron juegos, risas, tiempo de ocio, amigos y amigas. Fueron cómplices hasta la adolescencia.

—Trae a tus amigas al guateque que vamos a organizar en la cocinilla vieja del patio.

—¿Vamos a organizar? ¿Quiénes?

—Mis amigos. ¡Anda! Tú solo tienes que convencerlas para que vengan. Nosotros compramos los refrescos y los aperitivos y nos encargamos de la música. Te lo pido por favor.

Se repitió bastantes veces. Tito acabó saliendo con una de sus mejores amigas.

Y es que tocaba echarse novio. La mayoría de las muchachas así parecían desearlo. Lo leían en las revistas del corazón y en las fotonovelas con texto en bocadillos, tipo tebeo. Lo escuchaban en todas las tertulias de mujeres. Se cotilleaba con quiénes salían unas y otras. Se las criticaba en las reuniones de acción católica. Chencha era siempre la más pequeña en todos los círculos, muy pocos chicos le gustaban, y esos no parecían hacerle el menor caso. Por otro lado, tenía puesto todo su empeño en continuar estudiando. Aún no sabía qué carrera elegiría, pero elegiría una. Eso seguro.

Lo que sí le apetecía era acercarse al círculo de amigos de Tito. Para una vez que la necesitaban, no los defraudaría. También se arreglaba para las reuniones, pero su madre no la ayudaba a destacar sus encantos. El único vestido que le hizo la modista cuando cumplió los trece años le venía ancho. Su madre se empeñó en que no fuera ceñido al pecho ni a la cintura, no fuera a ser que despertara el deseo en algún muchacho y les costara un disgusto. Todo eran fantasmas de pecado a su alrededor. Con esos recursos iba a ser difícil lo de triunfar en los guateques.

No obstante, alguno de los amigos de su hermano la sacaba a bailar. Ella ponía la mano sobre el pecho del otro, marcando distancias. No tenía la menor idea de cómo tratar a los muchachos. El miedo la tenía paralizada. No disfrutaba las fiestas. Su ilusión se desvanecía con la música y el baile. El caso es que sí había soñado con un príncipe azul que viniera a buscarla como alguien muy especial con quien compartir la vida, pero no podía ni imaginar cómo lo reconocería cuando llegara. Así era difícil que apareciera.

En cambio, sus amigas parecían disfrutar de lo lindo. Bailaban, se reían, bromeaban, cuchicheaban entre ellas. Iban al baño para darse unos retoques, o para hablar de lo que les habían dicho los chicos, o de con quién querían bailar. De esta manera quedaron más veces con ellos, sin contar con Chencha. La dejaban, una vez más, en la casa, con su madre, con las abuelas, con los pequeñarras. Y ellos y ellas se iban al campo de merienda, en la tartana del abuelo, con el tractor, con las motos o con las bicicletas. Chencha se quedó pensando que a ella nadie le había enseñado a ligar.

Un día hicieron en el patio de las escuelas un baile de disfraces. Se vistió de hippie, o esa fue su intención y lo que les dijo a todos que era ella: hippie. Le gustaba llamar la atención, sentirse diferente. Algo sabía de la filosofía que envolvía a ese movimiento. No le gustaba tanto rollo tradicional de novios, matrimonios y niños. Sobre todo, esa competencia por gustarle a los hombres y conseguir que el mejor se hiciera su novio. Así se quitaba todo eso de encima de un plumazo, no había que competir, nadie pertenecía a nadie y el amor era libre. ¿O no debía ser libre el amor? Era contradictorio que buscar el amor te pudiera hacer tan infeliz.


Capítulo 11 Cuarto y reválida

El instituto estaba en la ciudad. Para estudiar el bachiller en el pueblo, la única solución era ir a clases particulares con los maestros de las escuelas y presentarse a la convocatoria libre. Y eso hicieron todos hasta que Tito cumplió trece años y tenía que empezar cuarto de bachiller. Ese curso fue enviado a un internado con gran disgusto para todos los hermanos, en especial para él mismo. Se trataba de asegurar su éxito en la primera reválida y en el bachiller superior; pero el núcleo de hermandad se deshacía, aunque él venía en vacaciones. Se había hecho mayor y empezó a comportarse de otro modo.

Al año siguiente Chencha se veía en la misma tesitura, de manera que pensó que ahora le tocaba a ella, la enviarían también interna. Lo fantaseaba y lo vivía en sueños. Muchas de sus amigas ya estaban en Frisby internas en algún colegio. Lo que Tito contaba de su colegio no era agradable. Nada tenía que ver con las películas que había visto Chencha. Su hermano no era feliz. Decía sentirse desgraciado, allí encerrado, sin poder ver a sus amigos, sin sus correrías por su pueblo y sus caminos, sin sus hermanos. A Chencha le daba que pensar, sin embargo, no se apeaba de su idea de que terminar los estudios de secundaria en un colegio o instituto con profesores especialistas en sus materias sería más adecuado que continuar en el pueblo. Además, si ya su hermano no estaba allí con ella, ¿para qué quería seguir en el pueblo?

Llegó el verano y sus padres no decían nada. Si bien ella tampoco se atrevía a pedirlo directamente, sí hizo alguna sugerencia indirecta apoyándose en que su madre también había ido a las monjas en su juventud. Un día del mes de agosto murió la tía Antonia, dejando sola a su única hija, la tía Engracia que parecía no tener consuelo. Una bombilla se encendió en la cabecita de Chencha. Se cogió del brazo de Engracia y empezó a susurrarle:

—Tía, tú no te quedas sola. Yo me voy contigo. Tengo que estudiar. El año próximo paso a cuarto y libre es muy difícil. Me voy contigo, me voy contigo.

Y se fue a Nivia con ella.

Le costó convencer a sus padres. Su estrategia siempre había sido la misma: empeñarse en ello, suplicar, insistir, protestar... hasta conseguirlo. Generalmente le había dado resultado. También esta vez. No podía entender que sus padres no desearan para ella el mismo éxito que para Tito. Ella también se lo merecía. Entonces se suponía que para las chicas era diferente. Sus amigas estaban ahí haciéndose el ajuar mientras cumplían años, esperando que llamara a su puerta el príncipe azul o echándole el ojo y los tejos a algún muchacho del pueblo. Su madre quería que permaneciera junto a ella. Sin embargo, a Asun le pesaba haber tenido que abandonar sus estudios superiores por fuerza mayor. Estudió el bachiller en Frisby, con las monjas, y empezó en la universidad nada menos que en Madrid. Y ahora ponía pegas a que su hija se fuera a vivir con la tía Engracia a Nivia. A Chencha no le cabía en la cabeza.

A la tía le hizo mucha ilusión y pronto marchó a Nivia para averiguar qué colegio era el más adecuado e iniciar el trámite de reserva de plaza para lo que necesitó el certificado académico de su sobrina. A falta del mismo, se llevó las papeletas que atestiguaban sus buenas calificaciones en los exámenes libres de tercero de bachiller en el instituto de Frisby. Con eso fue suficiente hasta que se formalizara la matrícula.


Capítulo 12 Tía Engracia

Cada vez que se quedaba embarazada mi madre volvíamos a soñar con una niña. Ella quería otra hija, y yo, una hermanita. Nunca llegó. Entonces, lo que deseaba era una compañera de juegos. Con el tiempo, he sabido que también ansiaba una colega, una ayuda para bregar en un mundo de hombres. No me habrían visto tan sola en mi empeño por salir fuera a estudiar. O sí, nunca se sabe. Igual me habrían salido hermanitas tradicionales, más machistas que los hombres, que haberlas, haylas.

Mis padres querían hacerme creer que yo no necesitaba estudiar fuera, que era muy aplicada y lo sacaría en el pueblo con facilidad. Sin embargo, algo me hizo pensar que quería retenerme a su lado por ser mujer. De manera que me aferré al brazo redondo y amoroso de tía Engracia como tabla de salvación.

La tía Engracia no era muy alta y, cumplidos ya los cincuenta, más bien redondita. Morena de piel, de ojos negros. Su pelo debió ser en sus tiempos del mismo color azabache, pero ahora era más bien escaso, dejando entrever en muchos puntos el cuero cabelludo, y con ese color de tinte castaño que ponen con tanta frecuencia las peluqueras, con la excusa de que el tinte negro envejece haciendo más duras las facciones. Sus labios eran todavía carnosos, pintados de rojo, afinándose a duras penas cuando sonreía, que era casi siempre, y más aún al reír a carcajadas, como hacía muchas veces incluso de sus propios chistes. La verdad es que todos la consideraban muy ocurrente, con ese gracejo andaluz que se traducía también en su habla de fuerte acento granadino.

En cambio, su madre no había gozado de las mismas cualidades. Había sido una mujer bastante seria, a la que parece que no le gustaban mucho los niños ni los chistes ni los excesivos gastos. La tía Engracia siempre nos había dado algún duro a los sobrinos a sus espaldas. En Nivia pude disfrutar de su extraordinaria generosidad, ya sin el freno materno. Me sentí querida. Claro que sentía nostalgia de los juegos con mis hermanos y las tardes con el abuelo, pero su cariño me compensó ampliamente de estas pérdidas. De hecho, el abuelo falleció al final de ese primer curso con las monjas, porque fue en un colegio religioso donde terminé el bachiller. Habiendo disfrutado del amor de mis padres, creo que hubo dos relaciones que contribuyeron muy eficazmente a la seguridad en mí misma de que he podido disfrutar a lo largo de mi vida: el abuelo y la tía Engracia.

Tenía fama de tozuda, y lo era. No sé si aprendí a conseguir lo que deseaba a base de insistencia o era el miedo que los demás tenían a mis enfados pertinaces lo que les convencía de ceder antes de que estallara. El caso es que me dejaron marchar a Nivia. Después tuve constancia de que había sido en contra de su voluntad.

Les molestaba sobremanera que la tía actuara conmigo como una madre, y se lo hacían saber. Pobre, con lo mucho que me quiso. A mí, en cambio, me hizo mucho bien. Quizás porque así también me di cuenta de que mis padres me querían. Les dolía separarse de mí. Claro que de Tito se habían separado ellos voluntariamente a pesar de las protestas y los llantos de mi hermano, pero era distinto: era un hombre.

Las chicas con sus mamás, aprendiendo a cuidar y cuidando. Cuando estaba en preu, mi padre intentó convencerme de que estudiara farmacia, así estaría allí en el pueblo, con él, tomando chocolate en la trastienda. A ninguno de mis hermanos le hizo proposición semejante.

Mi madre andaba tan ocupada cuidando niños que yo me sentía desatendida. No me pareció que fuera para ella alguien especial. De niña, eran muy evidentes mis celos hacia el príncipe, y, poco a poco, también manifesté pelusilla hacia cada uno de los nuevos vástagos, por el trato especial que recibían de mi madre. Yo servía, eso sí, de niñera auxiliar.

Así que, cuando llegué a casa de Engracia, tuve la sensación por primera vez de ser la princesa de la casa. Podía elegir el postre que quisiera, y repetir. Me preguntaba qué quería desayunar. Se preocupaba de que no me aburriera los domingos, me llevaba al cine y daba preferencia a las amigas con hijas de mi edad. También me llevó a la peluquería y a la modista. Esta vez, el traje sí me sentaba bien.

Lo mejor de todo fue que me dio su confianza y se sinceró conmigo. Acudía al colegio si la llamaban para cualquier asunto, y muchas veces motu proprio. Ese fue el caso cuando le llevé una nota diciendo que era obligatoria la asistencia a los ejercicios espirituales. Engracia dijo que no y se encargó de que no fuera. Se plantó en el despacho de la superiora y la convenció de que para mí podía ser nefasta la experiencia dados los enormes escrúpulos de conciencia que yo padecía, de los que ella sabía por el elevado nivel de sufrimiento que me producían. Nuestras conversaciones alrededor de la mesa camilla se revelaron como mi primera terapia eficaz y salvaguarda de mi equilibrio mental en el futuro.

Nunca le agradecí bastante lo que hizo por mí. Eso creo. Quiero pensar que le compensó tenerme esos años a su lado y poder llamarme su nena. Me explicó que tuvo una hija que murió con dos años al principio de la guerra, a causa de una colitis que no pudieron tratar. También murió su hijo, ya con diez años, en la posguerra, víctima de una peritonitis tras ser operado de apéndice, cuando los antibióticos no habían llegado a España. Su marido y su padre habían muerto durante la guerra. De modo que estaba sola, y aún más tras la muerte de su madre. Solo le quedaba su fiel criada de la sierra granadina, Paca, y ahora me tenía a mí.

Hablar de nuestras cosas nos hacía bien a las dos. Supongo que todo lo que me contó ya lo había compartido con otras personas, pero quizás no había encontrado un receptor tan intenso y atento como yo. Para mí todo era novedad absoluta y sentía enorme curiosidad por su biografía. Llegar a la edad que ella tenía entonces, con una carga parecida de soledad, me ha hecho valorar más el bien que pudo hacerle mi compañía, a pesar de los inconvenientes de tener que convivir con una adolescente.

Algunas reflexiones derivadas de mi comunicación con Engracia han resultado de particular importancia para mí. Una de ellas deriva de su experiencia personal en la posguerra, cuando, al llegar de nuevo a Andalucía, supo por sus amigas el daño infringido por los franquistas, que las había convertido en viudas forzosas a temprana edad, lo mismo que le ocurrió a ella en zona republicana. «A todas nos han hecho lo mismo. Nuestra amistad tiene que ser ahora más fuerte que nunca». No olvidaré la frase que les dijo antes de fundirse en un abrazo con todas ellas. De esa forma explicaba su tolerancia, transigencia y apertura a ideas diferentes. Ha sido un modelo para mí en muchos sentidos.

También me influyó en el terreno sexual, tema al que yo estaba particularmente sensible dada mi condición adolescente y los problemas psicológicos al respecto que me venían afectando. Estuve en Nivia tres cursos escolares, pero continué yendo con asiduidad. ¡Me sentía tan bien en su casa y en su compañía! Nuestras charlas se extendieron en el tiempo. En primero de medicina conseguí documentarme algo más sobre el sexo, la anticoncepción y la liberación de la mujer. Le hablaba de todo con naturalidad y ella me dijo que se alegraba mucho de que yo tuviera una información tan detallada al respecto. «Ojalá yo lo hubiera sabido cuando tenía tu edad. Habríamos disfrutado mi marido y yo los tres años que estuvimos casados». Me contó que hacer el amor era una tortura para ella, ahora pensaba que debido también a la ignorancia de su marido y de todas las mujeres de la familia con las que se atrevió a consultar. Le dijeron que no se quejara de su suerte, que su marido era muy bueno y la quería y que ese asunto era un mal menor que había que sufrir a cambio. Jamás lo he olvidado.


Capítulo 13 Querida mamá (2)

Necesitaba salir del pueblo, mamá. Ni siquiera pensé que te podía doler que me marchara. Tú también saliste de tu casa para estudiar, y a una edad aún más temprana. Nunca me transmitiste pena por separarte de tus padres. Solo tu agradecimiento por habértelo permitido. Lo vivías como un privilegio y yo estaba segura de que también lo deseabas para mí. Por eso, no pude entender que lamentaras mi partida.

He sido tu única hija. Quizás por eso no querías que me fuera de tu lado. También tu confidente, o al menos eso he creído siempre, y ahora ya no estás aquí para negarlo. ¿Te acuerdas de la caracola de la entrada? Está encima del aparador de la bisabuela. Me la acerco al oído y ese rumor de olas me recuerda tu voz, me llega como un susurro que transporta pensamientos, pesares, ilusiones y hasta quejas. ¡Tan cerca de ti me siento!

Tú no querías que me alejara. Yo tampoco. Me fui porque tenía que estudiar. Tenía que cumplir aquel deseo que a ti no te dejaron realizar: «Pasé de depender de mi padre a depender de mi esposo, —me dijiste—. Deberías hacer una carrera que te permita ganarte la vida por ti misma». ¿No ves que alejándome en realidad me metía más dentro de ti? Estaba completando la vida que tú no habías vivido y lo sentía así, como una obligación conmigo, contigo y con todas las mujeres, como un imperativo: encontrar nuestro lugar en el mundo.

—¿Por qué te empeñarías en marcharte?, —me dijiste.

Cuando empezaste a perder la vista inicié mis llamadas telefónicas diarias de entre treinta minutos y una hora. Quería acompañarte, que se te hiciera más corto el día, más llevadera esa falta que tanto mermaría tus posibilidades vitales, pero sobre todo quería estar cerca de ti, que supieras que te quería. Cuando faltó padre, y tú empezaste a olvidar los más pequeños detalles, como que él acababa de fallecer, regresé a tu lado para no abandonarte hasta tu marcha definitiva. Y ahora, que ya no estás, vengo a vivir a tu casa, llena de ti, de toda la energía que fuiste dejando para que podamos seguir entrelazadas, aunque tu cuerpo se haya disuelto en la materia del universo.

A mi hermano lo enviasteis a otra ciudad cuando llegó el momento, en cambio yo debía seguir en el pueblo, con las alas recortadas. Entonces sucedió, ese verano murió la madre de la tía Engracia y yo me agarré de su brazo.

La tía Engracia fue una segunda madre para mí, y fue bueno ir a vivir con ella. Fue una pionera en su tiempo. Me enseñó muchas cosas. Fue un complemento perfecto de todo lo que tú me habías transmitido con tus susurros. Papá y tú sufríais demasiado por mí, pensando en los peligros que me acechaban. Me transmitisteis vuestro miedo, y eso no me hizo bien. Con la tía pude liberarme un poco de mis escrúpulos, de mis temores, de mi encogimiento. Nunca he terminado de despegar. Aún sigo sin atreverme a volar. No me quejo. A mi manera, he tenido una vida buena.


Capítulo 14 . Nivia

Me hubiera gustado estudiar el bachiller en Frisby, como casi todas mis amigas de infancia. Sin embargo, marché a Nivia con mi tía. No era solo el salto repentino a una ciudad y a un centro de enseñanza desconocidos, había que sumar la abrupta separación de mi medio familiar. Quedarme sin mi madre, a la cual acudía diariamente con mis dudas sistemáticas y mis miedos, sin mis tatas, siempre de gran ayuda a pesar de que nos echaran a la calle a mis amigas y a mí al tres por dos, para que no pusiéramos en medio ni ensuciáramos el suelo, y, lo peor, sin mis hermanos. Aunque Tito ya no estaba, quedaban otros tres a los que echaría muchísimo en falta. No me di cuenta hasta que llegaron aquellas tardes tan solitarias y aquellos fines de semana tan tristes. Oía voces de niños en la calle y salía corriendo a la terraza para ver si eran ellos. ¡Lo deseaba tanto!

Mi tía eligió dónde estudiaría. Mi madre era muy religiosa y se alegró de la elección. En cambio, mi padre, aunque católico y sentimental, desconfiaba de la institución eclesiástica y no deseaba que sus hijos fueran educados por curas o monjas. Mal le salió, ya que por lo menos cuatro estuvimos algún año en un colegio religioso.

Me habían explicado dónde paraba el autobús. No obstante, no me sentía segura y pregunté:

—Por favor, ¿la damas?

—¿Cómo dices? No te he entendido bien.

—Sí. Para ir al colegio San José. Me han dicho que es por aquí donde tengo que esperar.

—Aquí paran los autobuses, pero ¿has dicho damas? Eso no me suena.

Me tuvieron que explicar que la Damas era la compañía de los autobuses interurbanos que paraban en mi pueblo. Para mí era sinónimo de autocar de viajeros. Empecé a darme cuenta de lo restringido de mi mundo y mi vocabulario. Me vi obligada a aceptar que era una niña de pueblo. Lo que me produjo gran dolor fue que aquel muchacho, hijo de unos amigos de mi tía, dijera que no podía integrarme en su grupo de amigos porque me veía muy cateta. Mira que soy de pueblo, pero ¿cateta? Catetos me han parecido a mí desde entonces todos los engreídos pijos de ciudad. ¡Ignorantes!

No me había percatado del todo de mi gran timidez hasta ese día. Estaba cohibida. Con mis hermanos era todo lo contrario: alegría, resolución, seguridad, confianza… En ese autobús, lleno de niñas de todas las edades, que se abrazaban y vociferaban contentas de volver a verse, yo era una gran desconocida, encogida en mi asiento sin despegar los labios. Tan solo para decir mi nombre, si acaso me preguntaban.

Luego las filas en el patio en silencio, todas con los uniformes azul marino. Ahora, con la pandemia, las entradas a clase me recuerdan a las nuestras. Todo aquello me imponía. Pienso que estaba hecho para eso, para imponerse, para empequeñecer el ánimo de los niños. En los centros públicos de enseñanza no eran tan estrictos, se respiraba un aire más tolerante.

Tuve dos grandes alegrías. Al llegar a la fila de mi curso me encontré con Pepa Ortega, una amiga de mi pueblo. Uf, qué gran alivio sentí. Y al llegar al aula, se me acercó otra niña. «Soy Marian, —me dijo—. Mi madre es amiga de Engracia, tu tía. ¿No te acuerdas de mí? Estuviste aquí hace dos veranos y jugábamos en la Explanada con Celia y una niña que era idéntica a Marisol. Mi madre le recomendó a tu tía este colegio». No me acordaba de ella. Forcé mi mente tratando de ver esa carita cuando jugábamos a policías y ladrones, efectivamente con una rubia a la que todos llamábamos Marisol. Nunca supe su verdadero nombre.

Cuando la monja empezó a explicar, sentí un enorme alivio y gran satisfacción. Eso era lo que yo iba buscando, el porqué estaba en Nivia. Por fin, un curso oficial, todo el año, día tras día, aunque no me libraría del largo y penoso examen de junio. Me tocaba hacer la reválida de cuarto. Pronto fui consciente del gran bagaje que había obtenido con los maestros de mi pueblo y los exámenes libres. Casi todo lo que explicaban ya me parecía saberlo y, en cualquier caso, recordaba los contenidos mucho más fácilmente que la mayoría de mis compañeras. El enorme esfuerzo que representaba el examen global de final de curso encontraba ahora su recompensa.

Mis padres habían decidido que me quedara a comer en el colegio, supongo que para aliviar un poco a mi tía. Tampoco resultó mal esa opción para mí. Me facilitó el contacto con las compañeras mediopensionistas e internas. Cuando años más tarde me las he encontrado, he constatado que muchas creían que yo también era interna. Tiene sentido porque incluso los domingos me iba al patio del colegio a jugar con ellas, ya que no tenía a mis hermanos ni tampoco había hecho amigas en la ciudad.

Fue mi primera experiencia capitalina. Cuando salí de allí se convirtió en mi Ítaca para siempre, y, aunque volví a vivir en ella alguna temporada, jamás he conseguido, a imitación de Ulises, asentarme definitivamente. Es una ciudad cosmopolita y acogedora. Entonces, mucho más pequeña, lo que para mí fue una gran ventaja, ya que me permitía ir caminando a todas partes y llegar a conocerla bastante bien. El primer año tomaba el autobús escolar a diario, comía en el cole y volvía a casa después de merendar. La convivencia con las compañeras me aportó un montón de nuevas amistades, algunas muy queridas, facilitándome un cauce adecuado para la típica explosión afectiva adolescente. Los fines de semana eran más duros, como lo han continuado siendo a lo largo de mi vida. Quizás porque he repetido hasta la saciedad esta primera experiencia de migración. He cambiado de ciudad innumerables veces, siempre sola.

A grandes problemas, grandes soluciones. Había que discurrir qué hacer para no dejarse abatir. Eché mano de mi solución por excelencia: estudiar, y me convertí en una empollona. «Aristóteles», me llamaban las compañeras de curso. Mi tía intentaba, sin mucho éxito, que me aceptaran en su pandilla las hijas de sus amigas. Iba a misa con ella y, por la tarde, al cine, a veces acompañada por Paca, la criada alpujarreña que la acompañó toda su vida. Finalmente, me apunté a las Montañeras de Santa María, una especie de boy scouts que salían cada domingo de senderismo por las montañas de los alrededores. Pronto organizaron algunas excursiones conjuntas con los jesuitas. Las monjas llegaron a organizar una macrofiesta con música y baile en el patio del colegio, a la que también invitaron a los alumnos maristas. En fin, poco a poco iba tejiendo un mundillo de relaciones. Posteriormente, en Xuria, coincidí con algunos compañeros de ambos colegios masculinos. Los amigos de mi grupo eran en su mayoría ex alumnos de los maristas de Nivia.

En vacaciones íbamos al pueblo: mi tía, Paca y yo. Ellas dos vivían frente a la casa de mis padres, de modo que nos veíamos todos los días. Solían venir a las cenas del patio. Me costaba adaptarme de nuevo a la rutina familiar. Mi tía solamente se ocupaba de mi bienestar y mis estudios. No me hacía participar en los trabajos de la casa, ni limpieza, ni cocina, ni compras. Ni siquiera me pedía colaboración para poner la mesa. Quizás me convertí en una niña mimada.

Recién aterrizada en la ciudad, necesité contar a mi tía el problema que me atenazaba: los escrúpulos de conciencia, la obsesión de pecado, relacionada con sensaciones y deseos de orden sexual, que había sobrepasado la capacidad de mis padres para ayudarme a gestionarla. Engracia fue de gran ayuda, haciéndome ver que formaba parte de la naturaleza de las cosas y no podía ser pecado sentir ese tipo de excitación. El empujón definitivo, en cambio, me lo dio sor Dolores, mi monja. Era costumbre extendida que las alumnas tuvieran una directora espiritual. Normalmente cada niña elegía a su monja entre las más jóvenes, que eran nuestras profesoras, pero yo no elegí a la mía. No tenía ninguna intención de buscar ese tipo de relación ya que no entendía su necesidad. Fue ella la que me buscó. Se amparó en que, como no vivía con mis padres y estaba en una ciudad extraña, necesitaría alguien que me cuidara y se ocupara de mí. Ya le dije que estaba mi tía. No obstante, sor Dolores insistió en que eran asuntos diferentes, se trataba de mi vida espiritual y mi realización personal.

Respecto a los escrúpulos, un día me empujó a comulgar en la misa del colegio, a pesar de mi resistencia, ya que le dije que debía confesar antes. «Ve a comulgar delante de mí, que ya voy yo al infierno por ti si es que tuvieras algún pecado, tan segura estoy de que no lo tienes». Nunca más volví a confesarme por mis sensaciones corporales o mis deseos. Sin embargo, empecé a sentir estímulos especiales cada vez que hablaba en privado con ella. Todo esto quedó reflejado en el diario que escribí durante aquellos años. ¡Ay, la historia del diario! Me lo dejé olvidado en un banco del patio y lo encontró otra monja, pasando a manos de la superiora.

Al curso siguiente, mi monja no estaba allí y yo no sabía por qué. Ahora sí que busqué una directora espiritual, necesitaba hablar con alguien de la desazón que sentía. La elegí entre las nuevas, algo me decía que no era recomendable sincerarme con las que habían coincidido con ella el curso anterior. Lo primero que le pregunté fue por qué se la habían llevado. Me pidió un escrito con la lista de la gente que había sido importante en mi vida, la que yo había querido más. No me contestó hasta no tener mi papel y haberlo leído. Me dijo que se la llevaron para cortar su relación conmigo, ya que la superiora pensaba que me estaba haciendo daño. A la vista de mis afectos anteriores no le pareció demasiado grave porque sor Dolores aparecía entre ellos, pero no como la única o la más importante. Me explicó que lo que yo sentía era excitación de tipo sexual, que se podía tener en la relación con una persona del mismo sexo, y, es más, que no es preciso el contacto físico para llegar a sentirla. Años después volví a verla, sorprendiéndome de nuevo. Había tenido el coraje de dejar el convento, quizás por falta de fe y desde luego por falta de acuerdo con lo que se le ordenaba hacer. Consiguió plaza en una escuela pública de un barrio humilde de las afueras y buscó un pequeño piso en el que comenzar una nueva y dura vida en solitario. Hay mujeres de las que posiblemente no se hable, no estarán en los libros, no serán famosas ni habrán recibido premios, pero valen su peso en oro. Esta es una de ellas.

Luego he tenido relación con hombres, algunas muy satisfactorias, aunque con ninguna pareja se ha consolidado algo estable y duradero. También alguna relación con mujeres, mucho menos frecuentes e importantes, casi más bien por probar a ver. No pienso que mis encuentros con sor Dolores hayan sido la causa de los repetidos fracasos de mis relaciones, pero así lo he creído durante muchos años. De hecho, fue el motivo que me impulsó a romper todo lazo de unión, incluso epistolar, con ella.

Quería mucho a mis amigas. Todas las internas eran de pueblo, como yo, y, en muchos casos, de habla valenciana, lo que se notaba en su acento y los valencianismos que formaban parte de su lenguaje habitual. Mi acento manchego llamaba la atención, pero con ellas no me sentía acomplejada. En esa época se consideraba peor hablar valenciano que los modismos manchegos. También vivían sin sus padres, y no tenían una tía que las protegiera. Muchos domingos me iba a pasarlos allí, jugábamos en el patio o simplemente hablábamos sentadas en los bancos debajo de los pinos. Algunas veces les daban permiso para salir a merendar al centro de la ciudad y yo las acompañaba encantada. También había muchas montañeras. Todavía las recuerdo con intensidad al pasar por sus pueblos en coche o en tren. Visualizo sus caras con el babi del colegio puesto y me parece estar en el patio jugando.

También tuve amigas externas y mediopensionistas. Elisa pertenecía a una familia de ocho hermanos y su padre tenía relación con mi tía por ser el veterinario que cuidaba a la perrita. No vivíamos lejos. Me invitaron a más de una excursión en la furgoneta familiar. Qué más da ocho que nueve. Recuerdo con entusiasmo el día que me llevaron a ver la manga del Mar Menor. Nada que ver con lo que es ahora. Nos detuvimos cuando el coche no pudo avanzar más debido a la arena acumulada sobre los cañaverales. Todo eran dunas. No se veía el mar. Cogimos las mochilas y los bultos con la merienda y trepamos por las montañas de arena agarrándonos de las cañas hasta llegar a mar abierto. Luego dimos la vuelta y vimos el Mar Menor. No había una maldita casa y menos aún edificios de pisos. Era un desierto de dunas enorme.

El último curso tuve una amiga especial, compañera de clase y de estudios. Cada día cambiábamos de domicilio. Dormíamos una noche en su casa y otra en la mía. Lo pasamos muy bien y aprobamos todo con buenas notas. Tanto mi tía como su madre toleraban las molestias que les ocasionábamos porque nos veían disfrutar y aprovechar el tiempo. Ambas teníamos gran interés en nuestro currículum académico.

El año de preu me marché a Xuria con mis hermanos. Hasta entonces las monjas no impartían ese nivel. Sin embargo, montaron un curso mixto con los jesuitas justo ese año, pero yo ya estaba matriculada en otra ciudad. Fui, eso sí, a unos ejercicios espirituales que montaron en un pueblo de la costa a mitad de camino. Allí pude compartir el buen ambiente que se respiraba y aprender algo de la conciencia social de la iglesia de aquellos años. Tuvimos como ponentes un profesor universitario de Madrid, con el movimiento estudiantil en pleno apogeo, y un cura comunista de la huerta, que venía de una reunión clandestina de Comisiones Obreras. Muchos años después sigo encontrándome con ellas en la comida anual que organizan.

 


Capítulo 15 . Xuria

Ya tenía intención de hacer medicina y en Nivia todavía no había facultad, aunque se decía que la abrirían pronto. El curso preuniversitario estaba programado en el colegio de los jesuitas y me apetecía mucho matricularme allí con mis amigas y amigos. Mis padres ya habían decidido alquilar un piso en Xuria para que los cuatro mayores estudiáramos allí, los dos pequeños el bachiller, los dos mayores el acceso a la universidad. Los pequeños fueron a los maristas. Tito se preparaba para la selectividad en una academia particular y yo conseguí plaza en un instituto público femenino del centro.

Mi tía insistió en que debía ir allí con mis hermanos.

—Aquí los has echado muchísimo de menos. Ahora tienes la oportunidad de convivir con ellos. Dentro de unos años cada cual emprenderá su camino y quizás ya os veáis poco. Aprovecha ahora. Aquí siempre vas a tenerme para cuando quieras venir.

Nunca dejé de verla. Viajaba casi con tanta frecuencia como a casa de mis padres. No por casualidad, la peña de amigos de mis años universitarios era mayoritariamente de los maristas de Nivia de mis años de bachiller.

Segundo cambio e inicio de una nueva vida. Solamente fue el principio. ¡La de veces que he cambiado de ciudad, de piso, de trabajo y casi de todo desde entonces! Me defino como la estrella errante o el caracol con la casa a cuestas. Poco trabajo me ha costado organizar otra mudanza más. Ya jubilada, sigo así. Casi siempre pienso que ya es el último traslado, pero un tiempo después surge de nuevo lo mismo.

Los dos primeros años vinieron nuestras abuelas alternativamente a cuidarnos. A veces coincidían las dos; pero el piso era pequeño y siempre estaba con nosotros una de las tatas, de manera que no había sitio para tanta gente. El segundo verano falleció la abuelita Almudena, por lo que ya no permitieron que la yaya volviera a Xuria. Las tatas se habían quejado mucho también, sobre todo por la separación, ya que una de ellas debía quedarse en el pueblo para ayudar a mi madre en las tareas. De modo que nos quedamos solos los cuatro hermanos mayores.

Primera convivencia sin cuidadores. Teníamos que organizarnos para realizar todas las tareas básicas de supervivencia. Nosotros ni siquiera lo habíamos pensado, mi madre sí. Me cogió por banda:

—A ver, mira. En este cuaderno tienes las recetas de cocina de primeros platos más fáciles de hacer.

Habría unas diez recetas, escritas a boli, con la letra de mi madre: potaje de lentejas, de garbanzos y de alubias, espaguetis, macarrones, alubias con alioli, caldo de patatas con bacalao o con costillas, ajo de harina y sopa de ajo. Yo le dije que no me lo explicara a mí sola, que eso era para los cuatro.

—Sí, —contestó ella— pero yo confío en ti, como hermana, para que lleves la casa. Te debes encargar de organizar la compra, la limpieza, el lavado de ropa y vigilar que tu hermano pequeño se duche y vaya limpio.

—Pues vaya —protesté yo—. Me voy a matricular en medicina, igual que Tito, y tengo el mismo derecho que él a disponer de mi tiempo para estudiar. No tienes que encargarme de todo como si fuera una fregona.

No hablamos más. Volvía a surgir el conflicto de siempre. Eterno conflicto. Mi mente acudía al mismo lugar en estas situaciones, a mi derecho a ser igual que los varones. No quería planchar miles de pantalones ni de padre ni de hermanos ni de posible marido. ¿Por qué no se los planchaban ellos? Y no estaba dispuesta a quedarme sin una licenciatura por haber estado a su servicio. La palabra ellos tenía el significado del género masculino en su conjunto, ya no significaba solamente mis hermanos, sino todos los varones en su posición de dominio. Todavía no había escuchado nada sobre feminismo. No obstante, mi madre siempre me había empujado a la independencia, como en el colegio de las monjas, cuando me hizo matricularme de magisterio a la vez que del bachiller. De hecho, ese mes de septiembre, antes de empezar las clases en la universidad, me examiné de la reválida para obtener el título de maestra.

Tú puedes hacerlo, así tendrás la posibilidad de trabajar si te hace falta. Pues es posible que te eches novio, quiera casarse pronto y tengas que interrumpir tu carrera universitaria, si ya la has iniciado.

Tenía catorce años cuando me lo dijo mi madre y le hice caso, aunque iban siendo argumentos en contra de echarse novio, pero por si acaso. Entonces, ¿por qué ahora quería que me pusiera de tata de mis hermanos? ¿Iba a ser ella la que pusiera dificultades para mis estudios superiores? Quizás lo hice porque no me gustaban las tareas de la casa o porque era vaga para el trabajo físico o porque en casa de la tía me había convertido en una niña mimada. Puede ser, pero en mi fuero interno siempre he pensado que lo hice para reivindicar mi derecho como mujer a hacer lo mismo que ellos. La hermana del cura de los boy scouts de Xuria me advirtió:

Te veo rodeada de hermanos, como yo. No caigas en la misma trampa. Mi madre me encargó cuidarlos y le hice caso. Siete años llevo aquí, limpiando, comprando, cocinando, lavando, planchando y cosiendo. Qué buena hermana, qué cariñosa. Sí, pero ¿yo qué he sacado? Nada. Y ellos todos con carrera, uno cura, otro economista, otro aparejador. Todos ganándose la vida. Bueno, el pequeño terminando su carrera. No. No hagas caso. Tú a estudiar. Ya se harán las cosas mejor o peor, como si algunas se quedan sin hacer. Ya comeréis. Verás como espabilan.

Qué buen consejo me dio esta mujer. Lo recogí inmediatamente. Caía en tierra fértil. Lo recibí como si fuera exactamente lo que yo estaba pensando.

El primer curso fue el estado de excepción de 1969 en España. Una de mis compañeras de clase nos habló de su hermano. Era un famoso líder del movimiento universitario antifranquista de esos años. Lo arrancaron de la cama con fiebre, se lo llevaron a comisaría y lo torturaron. El mayo francés del sesenta y ocho había tenido gran repercusión, aumentando la actividad llamada subversiva de estudiantes y obreros. La represión fue brutal. Yo estaba realmente impresionada. Y este mismo año dirigía mis pasos hacia ese ambiente universitario.

Engracia tenía razón, me gustó vivir con mis hermanos. No sé qué hubiera pasado si me llego a quedar en Nivia con la tía. Allí confraternizamos un poco, nos quisimos, pero también se fueron marcando diferencias entre nosotros. El instituto fue un soplo de aire fresco, un poco de vida laica. No me daba cuenta, pero en realidad estaba un poco harta de tanta monja. Una compañera me enseñaba la ciudad antigua, los edificios barrocos, el gótico civil, las calles y plazuelas con encanto. Otra quedaba para estudiar conmigo por la tarde, en casa o en la biblioteca. Algunas pertenecían a buenas familias del distrito centro, sus padres eran empresarios o intelectuales de prestigio, vestían con distinción. Ya se notaba la ideología en el estilo de la ropa que llevaban. Todas se comportaban de forma respetuosa y tolerante con las compañeras de distinta clase social o diferente manera de pensar. Tuvimos ocasión de hablar un poco de política debido sobre todo al estado de excepción franquista que vivimos durante ese curso.

Iba a clases de francés con Tito. Era el idioma extranjero que cursamos durante el bachiller y debíamos dominarlo para el examen de acceso a la universidad. Me sentía muy interesante saliendo de casa con él, con los libros bajo el brazo. Un día sujeté mis trenzas con unas lanas de colores que no le gustaron. Me dijo que no volvería conmigo a la academia si no me quitaba esos hilos de la cabeza. Así que, me los quité.

En Nivia, entre la presión de las monjas para que apuráramos el plato y el esmero de mi tía por darme todo lo que me gustaba, había cogido unos kilos de más. En Xuria, la abuela me lo hizo notar. Toda la vida he recordado con cariño los esfuerzos de la yaya Crescencia por mantener mi línea. Llegó a prepararme un plato especial de verduras hervidas o a la plancha cada mediodía. Me sorprendió agradablemente. Ella fue la que luego bautizó a mi primer novio con el sobrenombre de Botas Blancas, por llevar a todas horas el calzado de jugar a baloncesto. Estaba orgulloso de ser el
pivot de su equipo.

Los dos medianos se matricularon en un colegio de curas tan vecino a la casa que la abuela echaba el bocadillo por el balcón al patio, con el nombre puesto en un papel. Milagrosamente llegaba a manos de mis hermanos. Gastábamos poco dinero, ya era bastante mantenernos a todos estudiando fuera de casa. La paga dominical era escasa. Un día, nos quiso invitar la abuela a todos al cine. Cuando el taquillero le dijo el precio de todo, cambió rápidamente de idea: «Mejor nos sentamos en un refrescante a tomar una horchata». La tata Lucía contaba los días para volver al pueblo. Se hizo famosa su frase de después de la cena: «Un día más y un día menos».

Cuando nos quedamos solos se nos desequilibró un poco el presupuesto. Los sábados íbamos al cine o a la sidrería, ya éramos un poco mayores, pero, sobre todo, no nos administrábamos tan bien con la compra. Llegar a final de mes empezó a ponerse peliagudo, de modo que empezaron las cenas de disfraces, cena china (solo alós), cena italiana (solo pasta), cena de pastor (solo patata). Hasta que un día descubrimos para qué servía la tarjeta de los grandes almacenes que nos habían hecho mis padres, fuimos al supermercado y ¡llenamos la nevera! Enseguida se presentaron en el piso con viandas y ¡nos aumentaron el presupuesto!

Al llegar a la universidad encontré un buen grupo de amigos entre compañeros de clase y conocidos de Nivia que también estudiaban en Xuria. Yo estaba entusiasmada y pasaba con ellos los días enteros. Quizás esto me fue distanciando un poco de mis hermanos. A Tito no le gustaban mucho mis amigos. En fin, lo que terminó alejándonos fue la constatación de que estaba apartándome del conservadurismo familiar. Un mediodía, comiendo con mis padres, se me ocurrió comentar la última asamblea de distrito de los estudiantes. Mi padre se puso de pie, para hacer más énfasis en lo que decía: «Te prohíbo que asistas a ese tipo de actos». Marcó el principio de una larga serie de desencuentros que me han hecho sufrir mucho. Supongo que también a ellos.


Capítulo 16 Mis abuelos

LO ESCRIBÍ EN VIDA DE MI MADRE

Góndar es mi pueblo. Allí nací y todos mis recuerdos de infancia están íntimamente ligados con él. Casi toda mi vida como estudiante y profesional se ha desarrollado fuera, en otras ciudades; pero ahora, ya jubilada, vuelvo al lado de mi madre, viuda y con serios problemas de memoria. Quizás justo por eso me parece más importante recuperar los momentos que nos han hecho vibrar y han marcado nuestra historia y nuestra manera de ser.

El primero de los abuelos que viene a mi mente es justo el gran ausente, Leandro. Su fotografía siempre presidió el despacho de mi padre y allí sigue. En la foto tenía 40 años, por eso para mí es mi abuelo “el joven” ya que nunca envejeció. Mi abuela Almudena me hablaba de él. La historia que más me gustaba oírle contar es la de su romance amoroso. Mi abuela era madrileña, hija de una modistilla castiza y de un farmacéutico, con siete hijos más. Siendo el abuelo estudiante debió sentir el flechazo de Cupido un domingo en la iglesia. Desde ese momento no dejó de ir cada semana a la misma hora, situándose a la discreta distancia de dos bancos más atrás. Durante mucho tiempo —mi abuelita decía que más de un año— no se dijeron nada. El único vehículo de comunicación entre ellos fue la mirada. El día que el abuelo terminó la carrera se acercó a saludarla y le dio una carta en la que se ponía «a sus pies para todo lo que pudiera necesitar, siempre que quisiera» y detallaba su dirección postal del pueblo. Poco tiempo después morían mis bisabuelos madrileños dejando detrás ocho huérfanos. La mayor de ellos, Almudena, con dieciocho años entonces, escribió una carta a Leandro, que inmediatamente se puso en camino hacia Madrid para auxiliarla «casándose con los ocho» (palabras textuales de mi abuela). Me encanta esta historia de mis abuelos paternos.

La abuelita Almudena vivió casi siempre con nosotros, con su querido hijo Teo —mi padre— que la adoraba, y con toda su familia. A los nietos nos malcrió —como excelente abuela que era— dándonos todos los caprichos que se podía permitir. Cuando éramos pequeños ella aún vivía en la capital con su hija pequeña, mi tía Gela, mis padres nos dejaban a menudo en su casa, y, gracias a eso, tengo en mi archivo mental escenas del parque, los barquillos, las palomas y los cochecitos de feria. Siempre junto a mi hermano Tito con el que crecí como si fuéramos gemelos. Apenas nos llevamos un año. ¡Qué grande era la abuelita y cuánto cariño nos dio!

Recientemente me he establecido en Frisby en un piso cerca de mi madre. Allí tengo dos regalos de mi padre muy queridos: el perchero de pino de la entrada de la casa de su madre y una foto en cerámica de D. Santiago Ramón y Cajal procedente del despacho de mi abuelo. También tengo dos muebles, regalo de mi madre, que aprecio más desde que veo cómo ella los acaricia con la mirada y con las manos cuando entra en mi casa, ya que le hacen sentirse siendo niña en la cocina o en el dormitorio de su madre, mi abuela Crescencia.

Nicolás, su marido, siempre la llamaba La bella. Estoy intentando transcribir un viejo libro de tapas duras de los de debe y haber, con renglones, en el que mi abuela iba guardando las recetas de horno o matanza que no quería olvidar. He recurrido a la ayuda de mi madre para su correcta traducción, ya que, entre el vocabulario de medidas culinarias antiguas, la letra de la abuela y las manchas de grasa no lo sé interpretar correctamente. Estas conversaciones resultan muy placenteras para las dos, ya que su lectura remonta la imaginación de mi madre a su época de infancia y juventud y al afecto de su madre, también su maestra hasta los nueve años en que dejó la aldea para empezar a ir al colegio en la capital. Me cuenta que la abuela le dictaba recetas para que las escribiera en una pizarra que tenían colgada en la cocina.

«Tú siempre tan delicada y tan flor», le decía Nicolás a su mujer. Recuerdo a mi abuelo como el hombre más cariñoso de la tierra. Cada mañana venía a darnos un beso antes de salir para la escuela y cada tarde volvía para contarnos historias al amor de la lumbre. Mi madre me contaba que, al volver del campo o de algún viaje, siempre guardaba un poquito del almuerzo que llevaba en la merendera para su Asun, que le sabía a gloria. Si vengo en tren o en coche y le entrego un resto del atillo con comida, lo abre con la misma ilusión de entonces y me vuelve a contar cómo su padre se lo guardaba también.

El primer año que fui a Xuria a estudiar con mis hermanos vinieron las dos abuelitas a cuidarnos. Felices ellas de sentirse útiles, fue ocasión de convivencia más íntima entre generaciones. También Crescencia me contó cómo conoció a su esposo y el gran cambio que supuso para ella dejar Madrid con dieciocho años, en donde estudiaba francés y labores «como las señoritas», para ir a vivir en verano a la aldea, y atender a veinte hombres y otras tantas mujeres que iban a hacer el agosto. Allí se convirtió en el Ama, apodo propio que mantuvo en el pueblo mientras vivió. Ella empezó a llamar Botas Blancas a mi noviete de entonces. Con todo su cariño, empezó a cocinar platos especiales para mí con verdura y carne ligera en grasa a fin de ayudarme a mantener en lo posible la figura para que no dejara de gustarle.

Si miro en mi interior siento la energía de mi abuela Crescencia, luchando siempre con coraje para salir adelante y la dulzura y la ilusión por las cosas de mi abuelita Almudena, siempre dispuesta a pasarlo bien y a compartir todo lo que tenía con los demás. El abuelo Nicolás ha sido el principal refuerzo de mi autoestima de adulta, encontrando dentro de mí uno de los amores más puros que recuerdo. Creo que el edipo lo elaboré con él.


Capítulo 17 Espíritu del sesenta y ocho

Un año que constituyó un hito histórico: 1968. La primavera de Praga. La muerte de Martin Luther King. El mayo francés fue capaz de aglutinar todas las reivindicaciones, de liderar una gran huelga general que asustó a todos los estadistas europeos y no solo a los franceses, hacer mella en los movimientos obreros y estudiantiles del mundo occidental e influir en la cultura dominante, cambiando el pensamiento colectivo de forma sustancial. Siento que pertenezco a este proceso. Lo que conocí aquellos años ha dado sentido a casi todo lo que he vivido después. No quiero llamarla Generación del sesenta y ocho, aunque es así como la nombran en todas partes, para que no se confunda con la de 1868, a la que pertenecen escritores tan notables como Emilia Pardo Bazán o Benito Pérez Galdós. Me referiré a ella como Generación de 1968 para evitar equívocos.

Entiendo que el cambio más importante de la adolescencia es hacerse cargo de los propios pensamientos y actos. Empiezas a tomar decisiones por ti mismo, de las que ya no puedes responsabilizar a tus padres. En mi caso, la primera acción de este tipo fue marcharme a Nivia. En esos años con mi tía empecé a tomar conciencia y hablar de vivir mi vida, sentida como algo separado, diferente de la vida familiar de la que hasta entonces era incapaz de desgajarme. La llegada a la universidad significó un salto de gigante en ese sentido, ya que el contexto en que me desenvolví me ayudó muchísimo a hacer un replanteamiento completo de mi escala de valores, una especie de enmienda a la totalidad. Era, desde luego, el espíritu de París 68 en su más pura esencia. En Xuria la influencia fue grande. Había estudiantes en la Sorbona, unos por decisión propia y otros obligados por las autoridades españolas que les expulsaron de la universidad por subversivos.

La nuestra es la representante de la contracultura por excelencia. Actuó como un revulsivo total, aunque acabó siendo integrada por el sistema, como siempre. Afortunadamente, diría yo, porque si no se absorbe se convierte en un grave problema. En vez de ayudar al crecimiento, aumenta la conflictividad y el malestar. Al menos eso pienso yo ahora.

Creo que el sentimiento de pertenencia es importante para los humanos ya que somos seres gregarios, marcados por la gran dependencia de otros para sobrevivir, desde el nacimiento. La educación recibida de los padres y de las instituciones sociales tiene gran importancia en nuestro desarrollo y creencias posteriores. Tan es así, que llega a poner en entredicho nuestro libre albedrío, la libertad de pensamiento y acción. La rebeldía de la juventud juega un papel en los cambios sociales. Cuando era joven creía en el optimismo.

Pienso que debemos desmitificar a nuestra propia generación para rescatar sus mejores valores. Me suena a batallitas del abuelo cuando algunos de sus miembros recriminaban a los nuevos jóvenes la falta de valores y de coraje. Nuestro coraje nació de nuestra principal arma arrojadiza: nuestra verdad.

Nosotros mamamos leche en polvo americana, nos cobijamos al abrigo de las instituciones franquistas, nos nutrimos de la más pura tradición católica y surgimos de las cenizas del sueño imperialista español, y, a pesar de nuestros orígenes, o por ellos, hemos conseguido una gran riqueza espiritual. Fueron sus frutos el sentimiento y la actitud social que abrieron ventanas de esperanza e impulsaron a las demás generaciones del país a dejarle a ella la antorcha del futuro, el sillón de las decisiones. Algunos miembros evolucionaron hacia puestos de poder, mientras que entre otros surgía el pasotismo o el desencanto.

No creo que los intelectuales de aquella generación nos desencantemos porque no se haya satisfecho nuestra utopía, no somos tan bobos. Sabemos que las utopías no están hechas para cumplirse, que son sólo una meta de referencia constante, un objetivo en el infinito. Nos desencantan las graves dificultades para seguir luchando, la falta de comunicación, los lastres puestos a nuestra ilusión muchas veces, quizás inconscientemente, por los que compartieron la misma utopía y hoy están en el poder. Ninguna excusa es buena para rendirnos y hundirnos.


Capítulo 18 Chencha y el mar

Se acercaba la hora del crepúsculo, su hora preferida para caminar por la orilla. Sin embargo, Chencha no se limitó a juguetear con la espuma de las olas entre sus pies, sino que entró decidida en perpendicular dispuesta a sumergirse. El agua estaba caliente en este momento de la tarde, cuando el aire empezaba a refrescar el ambiente. Sintió la caricia del agua sensual por todo su cuerpo, colándose por todos los rincones. Disfrutó con el sabor agridulce de este contacto, agridulce porque aumentaba la intensidad de su sufrimiento por la pérdida, la pérdida de aquel otro contacto que ella tanto deseaba, la del ser al que amaba más que a su vida y que acababa de rechazarla brutalmente. Quería que el mar lavara su herida hasta hacerla desaparecer. Quizás esta sería la única forma de arrancar para siempre este dolor. No era solo dolor sino desesperación. Sí, eso es, desesperación era la palabra adecuada para describir su estado de ánimo. Ya nunca volvería a creer en el amor, ya no volvería a confiar en alguien de aquella manera. No, jamás podría llegar a ser feliz, porque para serlo era preciso estar convencida de que era posible amar y ser amada, y ahora su decepción se quedaría para siempre. A sus dieciocho años, en los últimos días de verano, sabía que ya no volvería a brillar la sonrisa en sus labios. Con toda su vida sin vivir, ya no la quería. Ahora ya no merecería la pena.

Le habían contado miles de historias de príncipes azules que llegaban en carrozas engalanadas a buscar a las chicas guapas y buenas, como ella. Solo tenía que esperar a que llegara, la viera y llamara a su puerta. ¿Cómo no iba a llamar si ese era su destino? O sus ojos no llegaron a percatarse de ello. Fue Rodrigo quien le hizo percibir su llegada. “Me gusta cómo os gustáis. Hay que ver que no podéis estar el uno sin el otro”. La mirada desde fuera de un tercero les hizo mirarse de otra forma. Esas palabras prendieron en los dos como un mechero enciende el cigarrillo cuando aspiras el aire a través de la boquilla. Lorenzo se volvió buscándola, ella dirigió su vista hacia él y se produjo el milagro. Bueno, lo que ella consideraba un milagro. Ahora, en cambio, pensaba que quizás su Botas Blancas ya había vivido antes alguna historia parecida, y que no era tan verdad todo lo que le había dicho que sentía por ella. Pero, no podían ser mentira los latidos que había escuchado desde tan cerca cuando apoyaba la cabeza sobre su pecho. Era un ritmo acelerado, alegre, ¿asustado?, fuerte. Era un latido que delataba el deseo, la prisa por estar con ella, la pasión. La pasión, eso es lo que deseaba pensar que habían vivido los dos.

Creía que solo una guerra, o alguna desgracia o accidente semejante, podría romper los lazos una vez el amor había surgido. Había aprendido a estar atenta a las señales que le indicaran que ese era el hombre adecuado, el hombre maravilloso por el que sentía un verdadero amor, la pasión de su vida. Solo tenía que percibir también en él los mismos signos, saber que era correspondida de forma parecida. Entonces no podía fallar. Además, su vida hasta aquí había sido una cadena de éxitos, no le había faltado de nada, todo le había sonreído. No importaba que en casa le dijeran fea, ella lo tomaría como una broma porque no podía ser cierto. ¡Tenía tanta seguridad! Había nacido para triunfar, o eso pensaba. Nadie le había enseñado a afrontar una pérdida y menos de este calibre. Se podía romper un muñeco, se podía perder una pelota, se podía estropear un jersey. Bueno, eso eran solamente cosas que se podrían sustituir o, en todo caso, no eran necesarias. Se podía ir Tito de acampada sin ella y eso le hacía sufrir, pero sin duda volvería. Además, sabía que su hermano la echaría de menos todo el tiempo que durase la acampada y no dejaría de quererla en ningún momento. Desde luego, no como Lorenzo ahora. El Botas Blancas se había ido con otra, después de haberle prometido la gloria. Nadie siquiera le había advertido que podría perder tanto y tan pronto.

¿Por qué nadie le había enseñado a perder? Ahora ya no podía arrastrar la carga de la vida, ya no tenía sentido, ya no se amaba a sí misma… si podía ser despreciada por aquel en quien ella había puesto todas sus complacencias. Esta misma playa había sido testigo mudo de su amor. Entraban en el agua cogidos de la mano y, conforme se iban adentrando en el mar, sus cuerpos mojados se iban aproximando lentamente, casi no llegaban a tocarse porque las gotas de agua se interponían entre las superficies de sus pieles. El sol dibujaba pequeños arcos iris alrededor de ellos. Sus auras se unían formando una nueva más poderosa, la del amor. ¡Qué buenas vibraciones emanaban de los dos! Incluso la fuerza de la tierra subía hacia el mar a través de sus cuerpos cuando ya desnudos, con los bañadores colgados del brazo, se unían dejándose llevar por el ímpetu de la naturaleza que habitaba en su interior. Formaban la unidad perfecta, porque no se habían juntado solo sus cuerpos, sino que sus almas previamente habían demostrado ser gemelas. Ese entendimiento de sus espíritus había sido lo más mágico de aquella ¿ilusión? Ahora todo le hacía pensar que aquellas vivencias habían sido quizás solo fruto de su imaginación. ¿Cómo pudo invadirla tanta ceguera?

Pero ella había estado atenta, siempre. ¿Cómo no iba a estarlo si se sentía fascinada? ¡Era tan atractivo y amable! Tenía la sencillez de un campesino y el saber hacer de un caballero, hablaba como un intelectual muy instruido y se reía como un chiquillo. Era capaz de convencer a cualquiera con sus teorías sociales. A ella la convenció, claro, y ¡de qué manera! No podía tener la menopausia a los dieciocho años. Entonces, ¿por qué le entró aquel arrebato de calor cuando se le acercó rozándola apenas? Él corrió a abrir la ventana y volvió a ver si se encontraba mejor, la acompañó a casa y hablaron, hablaron, hablaron... Luego volvieron a salir y caminaron casi hasta el amanecer. Todo aquello no podía ser falso. No lo había soñado, lo había vivido. Por eso no podía creerlo cuando Lucía le dijo que lo había visto con otra. “No, no era él, o es que iba con su hermana”. Su amiga insistió explicando que lo había visto varias veces besándose con ella en la boca y cogiéndola en medio del paseo marítimo. Luego él la vio y la saludo. No tenía ninguna duda, y se lo comunicaba a Chencha porque le sabía muy mal que alguien la estuviera engañando así.

Chencha lo negó y lo volvió a negar. Imposible, aquello no podía ser verdad y se marchó furiosa a llamarlo por teléfono para quedar y confirmar lo que ella pensaba, porque estaba segura de que lo que decía Lucía era mentira; pero no, resultó ser real. Lorenzo no lo negó en ningún momento; al contrario, muy fácilmente aceptó que era cierto. Le dijo que simplemente había cambiado de idea, que Elenita le convencía más, que era más niña, más dócil, más dominable, más cercana, que de hecho era vecina suya. ¡Qué gran argumento! Solamente fue capaz de contestarle «¿Cómo has sido capaz de hacerme creer en tu amor? ¿Por qué me has hecho esto? ¿Tan poco me querías en realidad?». Él se quedó sin palabras mirándola y así permaneció viendo cómo Chencha se alejaba para siempre.

Ahora sí que era para siempre. Así lo había decidido definitivamente. Este atardecer se sumergiría en el mar para que acabaran sus desgracias, su desesperación, su vergüenza. Ya su orgullo no estaría herido nunca más. Así sintió que sus piernas se iban trabando cuando caminaba sobre la arena del fondo, mientras el agua, cada vez más oscura, ofrecía mayor resistencia a su paso. Iba sintiendo todo su cuerpo mojado, en sus labios sentía el sabor a sal. Intentó coger agua con sus manos… y encontró el tacto de lino del juego de cama que le había regalado su madre. “Pero, pero… no es agua”, pensó. Abrió los ojos despacio sin dar crédito. Se frotó los párpados para despistar las posibles legañas y los abrió completamente. ¿Alegría o más decepción? Buscaba en su interior cual era la sensación predominante, una mezcla contradictoria, amarga y melosa. Sus penas no acabarían este atardecer, el mar no se la había tragado para siempre. Disponía de su vida para vivirla; sin embargo, ahora sabía que tendría que convivir con la tristeza, un mar de sal la envolvería hasta el fin de sus días.


Capítulo 19 Canadá

                              LO ESCRIBÍ AL VOLVER DE CANADÁ

A Rodrigo lo encontré junto al mar, en la playa de Nivia. Había ido a pasar unos días con tía Engracia. En mayo la temperatura del mar era adorable, también la del aire. Caminando por el borde, entre agua y arena, absorta en mis pensamientos, me choqué con él.

—Eh, que no miras por dónde andas, —una amplia sonrisa iluminó su cara, mientras sus grandes manos me sujetaron por los brazos para impedir mi caída.

Cruzó una mirada limpia conmigo y, sin pedir permiso, me estrechó contra su pecho. Se fusionaron las gotas de agua que resbalaban por su piel con las mías. Mi cabeza pensó que debía protestar y separarme, decir algo. Pero mis labios y mis músculos desobedecieron y se dejaron acunar relajadamente. Había quedado a comer con mi tía, pero esa noche ya cené con él y vimos el cielo estrellado sobre el mar desde el cabo. Con él recuperé la risa, la alegría, el amor por la naturaleza, mi autoestima, los juegos al aire libre, la ilusión. Atrasó su viaje para llevarme a
Xuria con la moto. Me regaló un casco integral que ya no dejé de utilizar hasta mi viaje definitivo a Montreal.

Rodrigo nunca entendió por qué me fui tan lejos, no quiso. Yo intenté que no afectara sustancialmente a nuestra relación; pero fue imposible. Su carrera profesional estaba aquí, junto al mediterráneo, pegada al terruño. El valor del suelo se dispararía, lo sabía muy bien. Un buen arquitecto no pararía de diseñar y ver su obra florecer. Ni él ni yo sabíamos entonces que se iba a construir tan mal, que no les importaría siquiera dejar a la ciudad sin la brisa del mar.

Debería haber venido conmigo. En Canadá se valora muchísimo el diseño europeo de edificios. Allí estudian más técnica que arte, realmente son más bien ingenieros. Pero no, él no podía dar su brazo a torcer.

—No mientas, no digas que me quieres y coges y te vas. El lugar de una mujer está junto a su pareja, no digo su marido. Si no quieres no nos casamos, no se trata de eso.

Decía que era progre y que todos los progres son feministas. Yo trataba de explicarle que no. No lo era si intentaba que me supeditara a sus deseos, si me hacía renunciar al puesto que me ofrecían en McGill, en el corazón de Montreal. Era lo que siempre había soñado, dedicarme a la investigación médica en una universidad de prestigio internacional. No podía privarme de luchar por ver cumplidos mis anhelos, si de verdad me quería.

Ya había olvidado el daño que sentí cuando me enteré, años después, de su boda. Al final, he tenido una vida dichosa y plena. Al principio no podía imaginar que sería posible sin él. Sin embargo, lo fue. El trabajo en la universidad no me defraudó en ningún sentido. Las investigaciones genéticas en las que pude participar, con cambios constantes de adaptación a las nuevas tecnologías informáticas, la participación de los alumnos en clases y talleres, la relación con los compañeros de trabajo, médicos, profesores y técnicos, y los congresos internacionales. Nuevas experiencias enriquecedoras que me dieron enorme satisfacción.

Y lo mejor de todo, conocer a Andy que llenó completamente el hueco afectivo que me quedó al dejar España. Escuchó mi intervención con gran interés. Yo no quería mirar al auditorio porque estaba nerviosa, me sentía insegura, incluso mi inglés era un poco endeble. Pero no pude evitar que mi mirada se encontrara con la suya. Delgado, rubio, con grandes entradas y ojos claros. Vestía de modo informal, quizá por eso mis ojos se dirigieron hacia él. Más que sonreír, parecía reírse. «¿Se estaría riendo de mí, de lo que yo decía o del modo en que lo decía, de mi acento o de mi aspecto?».

Intervino una vez, solo para decir que le había parecido muy interesante y que en su hospital llevaban una línea de trabajo muy similar, que le gustaría mucho mantener el contacto por posibles colaboraciones. Al terminar la charla, vino directo hacia mí. Esperó prudentemente a que me quedara sin público a mi alrededor y me invitó a comer para continuar hablando. Enredar mi vida con él ha sido mi mayor acierto. Esta rica conversación entre los dos no ha cesado, hasta ayer que tomé el avión camino de España.

Ha sido como resucitar. Al volver a pisar las ondas rosas, blancas y grises, de la explanada, con su mosaico impoluto, mi corazón empezó a dar tumbos dentro de su caja, mis piernas empezaron a temblar y mi cabeza y todo mi ser sufrieron una transformación kafkiana devolviéndome treinta años atrás. Todo apareció de nuevo ante mis ojos atónitos como si hubiera sucedido hace dos días.

Eran los ojos de mi alma los que aún veían el taller de reparación de barcos con su tejadillo de uralita y la palabra yacht pintada en medio con letras grandes, intentando atraer a los clientes del náutico. Veía la barandilla metálica como un pequeño protector para no caer al mar. Pequeñas barquitas junto a las escaleras de piedra que bajaban hasta el agua, con las lisas merodeando alrededor por si encontraban restos de algo que comer. Pero más que nada sentía la brisa fresca y húmeda en mi piel y mi pituitaria absorbía toda la sal del mare nostrum con ese inconfundible olor que me transportaba a los bosques de posidonias y a las rocas donde las quisquillas se podían coger con la mano.

Abrí los ojos reales, mis ojos cansados de treinta años después, y la visión idílica desapareció. Desapareció el Rodrigo de veinte años que recordada entre mis brazos, sus manos y sus caricias de mi cuello y de mi cara, su mirada de donde yo la sentía… tan dentro de mí. Desaparecieron también el letrero del taller para yates de recreo, la barandilla metálica, las pequeñas barcas y, lo peor de todo, desapareció la brisa. No solo estaba aquel hotel monstruoso sobre el brazo del puerto donde se encontraba el edificio de aduanas, sino tres o cuatro mamotretos más a su lado. El puerto se había agrandado desmesuradamente. Se diría que le habían puesto puertas al mar.

Recorrí todo el paseo nuevo que prácticamente cerraba la ciudad al mar, me adentré por la pasarela que han construido hacia el interior del agua. Ni aun por ahí conseguía recuperar la brisa. El aire fresco con sonido de caracolas que yo recordaba no se parecía al ligero vientecillo húmedo y caliente que se pegaba ahora a mi cuerpo dificultándome el paso. La multitud me envolvía. ¿De dónde podía salir tanta gente? «Claro —pensé—, recuerda cómo estaba el aeropuerto. Si parecía casi el de Montreal por el tamaño y el gentío».

Nivia había crecido, y ¡de qué manera! Me traían buenos recuerdos la explanada y el puerto. Sin embargo, faltaba la brisa o, más probablemente, faltaba su risa, me faltaba él.

Sentía su ausencia a mi vuelta a Nivia, a pesar de que Andy tenía ya los trámites hechos para seguirme en cuanto pudiera. Dejaba su tierra natal, tan fría, por la cálida costa mediterránea, que tanto le recordaba a su querida California, también a Miami. En América conseguí olvidarme absolutamente de Rodrigo. No tengo la menor intención de contactar con él. Escribo esto solo para mí. Reflexiones sobre mis sentimientos, mis afectos, mi tristeza y mi felicidad.


Capítulo 20 Color salmón

De color salmón. Con la tinción de rojo congo eran de color salmón. El brillo amarillo verdoso de la birrefringencia solamente se apreciaba al polarizar la luz con los cristales adecuados. Así vio Chencha, ya en anatomía patológica, por primera vez, las placas de amiloide en el interior de los cuerpos neuronales. Claro, que antes había estudiado algo sobre la enfermedad, pero no la había hecho plenamente consciente hasta ese momento.

Casi cuarenta años más tarde, a la entrada del asilo, abrazaba estrechamente a su madre y no podía contener el llanto. ¿Tendría ella esas plaquitas en el interior de sus neuronas? ¡Qué más daba! Ahora sí que daba lo mismo. Lo cierto es que su memoria había empezado a fallar y llevaba una carrera imparable. Terminaban de dejar una maleta con ropa de su padre para los viejitos. La monja se lo había agradecido mucho. ¿Acabaría llevando a su madre a un centro parecido?

¡Qué dolor! Uno de los mayores problemas psicológicos en la enfermedad crónica es la aceptación. Chencha lo sabía bien, lo había explicado mil veces en sus clases. Incluso lo había vivido en su propia piel con aquella lesión de rodilla que tanta lata le dio durante años; pero ahora no podía tragárselo, el alzhéimer de su madre era como una inmensa montaña imposible de escalar. El Everest se alzaba delante de su vista y sentía que no tenía fuerzas. Además, estaba muy sola.

Primero fue lo de la vista. ¡Pobre madre! También le tocó la degeneración macular senil. Chencha sugirió lo de la clínica Barraquer. Tenían que hacer todo lo que pudieran por evitarle la ceguera. Durante años no se había preocupado de hablar con su familia demasiado a menudo. Su madre era una persona tranquila y confiada.

—Si no sabemos nada es porque estás bien. Las malas noticias corren como la pólvora, —solía decir—. No te preocupes. Céntrate en tu trabajo y disfruta lo que puedas ahora que eres joven.

Sin embargo, los últimos años la llamaba a diario sin falta, incluso desde Canadá. No le importaba pagar una factura telefónica grande. Quizás no se había dado cuenta hasta entonces de lo mucho que la quería. Si no podía ver, por lo menos podría escuchar a su hija todos los días de su vida. Iban a Barcelona en tren y no paraban de hablar todo el trayecto. Su padre no podía evitar mostrarse celoso.

—¿Qué puñetas tenéis que contaros que no se termina nunca?

Cuando empezó a no recordar, Chencha pensaba que era por la vista. Si no podía anotar nada en el almanaque, que es lo que hacemos todos, ¿cómo iba a saber lo que tenía que hacer cada día? Por eso le regaló la grabadora, pensó que le serviría a modo de almanaque para sus notas.

Aquella noche en el tanatorio se acabaron sus dudas. Llevaban todo el día de trajín, desde que le dio el último infarto en el hospital. Estaban todos los hermanos, familiares y amigos, más arropados imposible. Acababa de morir el padre, su esposo, el centro de su vida. Su hermano le susurró casi al oído.

—Llévatela a casa, a ver si come algo. No ha tomado nada en todo el día.

Se levantó despacio, cogió el abrigo del armario y empezó a ponérselo. Las personas que estaban allí por acompañarlas se sorprendieron.

—¿Os marcháis?

—Sí. Me la llevo a cenar a casa. Está hecha polvo.

Ya en el coche:

—Menos mal que nos hemos ido. ¡Qué pesada toda esa gente! Desde la hora de comer, de visita, ¡y no se iban! A la madre se le había olvidado que su marido estaba de cuerpo presente. Alguna ventaja debía de tener el puñetero alzhéimer. En esos momentos estaba mitigando su dolor.


Capítulo 21 La voz de la madre

En el armario de sus padres encontró una cinta grabada que pudo escuchar en el radio casete de la mesita de noche:

«Empiezo a perder la vista y mucho me temo que sea algo más. Sólo tengo una hija y no está a mi lado desde que salió del pueblo a estudiar fuera. Tenía sólo trece años. ¡Ay! No he querido lloriquearle para que volviera. Comprendía que era bueno que llegara a ser alguien en su profesión; no obstante, he pensado en ella todos los días de mi vida. Es buena, me ha traído este aparato, lo ha puesto en marcha y me ha explicado punto por punto cómo utilizarlo. Es una grabadora muy sencilla para que con solo dos botones yo pueda dejar notas habladas y escucharlas como quién consulta su bloc o su agenda. Aquí es donde voy a grabar estos recuerdos, estos pensamientos, estos sentimientos… todo, lo que salga. Quizás ella luego lo transcriba. Es un deseo que ahora me gusta expresar, que me gusta sentir, que alimenta una ilusión.

Tengo seis nietos, creo. A veces me bailan las cifras, sus nombres, los días, las fechas. Mi marido me recuerda sus santos y cumpleaños, también los de mis hijos, menos mal, y, llegado el día, me da un billete de cincuenta euros cuando se oyen sus voces por el interfono o cuando bajamos del coche para entrar en la casa de alguno de ellos. «Dáselo a este o a aquel, es su santo o su cumple. Felicítalo». Dios ha puesto este ángel a mi lado. ¡Me sentiría tan insegura sin él!

Mi hija me llama todos los días. Antes no, antes llamaba cuando iba a venir o cuando necesitaba algo, siempre de forma puntual. Empezó a llamar con más frecuencia cuando me diagnosticaron principio de degeneración macular. Es de tipo húmedo, la peor, evoluciona muy rápido. Ella se empeñó en llevarme a la Clínica Barraquer. De eso hace ya años. Quizás gracias a aquellos cuidados la enfermedad ha ido un poco más despacio, pero ahora creo que hemos llegado al punto final. Las dos máculas están destruidas y solo me queda la visión periférica. Podría haber empezado a escribir un poco antes; pero no, se me ocurre empezar ahora que ya casi no veo. Quizás por eso me he decidido a plasmarlo, aunque sea en un registro oral, antes de que se borren las representaciones de mi memoria. No tendría por qué suceder, pero por si acaso.

El pequeño de los nietos es todavía un niño. Sus padres trabajan los dos, por fortuna. Algunos días, me reclaman para que vaya a recogerlo al colegio y me lo traiga a comer a casa, otros para que vaya a las ocho de la mañana, cuando ellos salen para el trabajo y me quede con él, si está enfermo. Últimamente me he olvidado de ir por lo menos un par de veces. ¡Madre mía, qué disgusto! Si por eso digo que ojalá solo sea lo de la mácula, porque si se me va la memoria podría ser todo mucho peor. Yo confío en Dios, siempre he confiado, y, sobre todo, hago lo que puedo y no me siento obligada a hacer más. Todo con santa paz. Supongo que mis hijos saben mejor que nadie que nunca he dejado de ayudarles por comodidad.

Creo que vamos a ir al neurólogo por la compañía de sanidad privada. Mi marido ha pedido una cita para mí y sospecho que la razón está en estos últimos olvidos. Mi hija ya se preocupó mucho un día que llamó por teléfono y estaba el pequeño solo en casa. Se mantuvo al teléfono hasta que llegamos. Aunque lo peor fue que ¡me había dejado el fuego encendido! El pasillo estaba lleno de humo. Tuvimos suerte de no salir ardiendo.

En mi familia nadie ha padecido demencia. Aunque pocos han superado los ochenta años. Dicen que puede ser hereditaria, pero no siempre. Bueno, mejor es pensar que lo mío no corresponde a esa maldita enfermedad. Lo sentiría más por mis hijos que por mí. No me gustaría ocasionarles tanto sufrimiento.

Dice mi marido que cuando nos veamos más mayores y no podamos cuidarnos en la casa, nos iremos a una residencia de ancianos, a una habitación doble para los dos. Algunas parecen una pequeña vivienda, con su televisor, su baño, su cocina y su mesa camilla. Él lo tiene muy claro, o eso dice. No sé. Por ahora nos valemos. Él se apoya en mí cuando salimos a caminar y yo me apoyo en él cuando no veo o no me acuerdo del día de la consulta. La compra y la comida también la hacemos a medias. Yo sola ya no podría. Se sienta en la mesa de la cocina junto a mí, va pelando patatas, controlando el fuego, lo que vamos echando a la olla y en qué orden. Un día le dijo mi hija que por qué no pedíamos la comida al cáterin del colegio de enfrente. Le contestó que cuando él ya no pudiera cocinar. Me siento afortunada de tenerlo, de estar junto a él».

Chencha se puso a llorar como no había llorado desde que murió su padre.

Escrito en agosto de 2022, por Virginia Mancha



AGRADECIMIENTOS

 

 

A Laura Herrera, por su generosa lectura y corrección de errores, y sobre todo por su magnífico prólogo. Gracias Laura.

 

A todos los amigos que me han leído y me han hecho comentarios de gran utilidad, entre ellos mi particular reconocimiento a Wenley Montoya.

 

A Rosario Raro, por sus consejos.

 

A Mela Lozano, gracias a cuya ayuda me he lanzado a la publicación.


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